Cárcel y escarnio por no saber latín

¿Cómo averiguar si alguien es cura? Con un examen de lenguas muertas, por supuesto. Un viajero que dice ser sacerdote persa paga cara la lógica policial del XIX

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Redacción / la Voz

Al final el latín servía para algo. Para demostrarles a las autoridades españolas que eres un ministro del Señor, por ejemplo. El protagonista de esta tragicomedia no lo sabía (ni eso ni el idioma de los romanos), así que fue aplastado por la lógica ibérico-kafkiana.

La primera mención del hombre por estos lares es del verano de 1887, del día siguiente a su llegada a A Coruña, «conducido por la Guardia Civil [...], entre otros presos», tras peregrinar «de cárcel en cárcel desde la de Jaén». El peligroso sujeto «viste sotana y teja bastante sucias y deterioradas, llevando encima [...] una levita negra, y habla cuatro o cinco idiomas a un tiempo, no siendo posible entenderle en ninguno».

Asegura, «a duras penas y con grandes esfuerzos», que viene de Persia y que es sacerdote. «Salió de aquel país [...] con la misión de recoger limosnas para la fundación de una obra benéfica. Recorrió diferentes naciones, estuvo en Italia y Francia, habiendo llegado a España hace bastante tiempo, y después de recorrer varias poblaciones, fue detenido en Jaén, sin duda, para justificar que España es el país de las intransigencias». Porque «en Jaén fue sometido a un examen de latín, y no supo contestar a las preguntas que le dirigieron», lo que, claro está, es «prueba evidente de que no es sacerdote legítimo». Mejor le hubiera ido en una ordalía.

El periodista en cuyas manos cae la historia de Jacobo File, que así se llama el reo, no da crédito. «No sabemos lo que el señor gobernador civil [...] dispondrá en cuanto a este asunto, y [...] nos permitimos indicarle lo conveniente que sería que dicho individuo fuese enviado al sitio más próximo de la frontera de Francia y poner lo acaecido en conocimiento del cónsul de Persia en Marsella», reclama.

El inicio del martirologio

Ni caso. La autoridad decide pedir informes a Madrid y a Jaén. La respuesta desde la capital es que «no existe en aquella corte ni embajada ni consulado de Persia, y que el cónsul de Turquía se ha encargado de hacer las averiguaciones». Desde Jaén, el gobernador traslada «todos los datos que le fueron comunicados por el jefe de Vigilancia [...], y de ellos resulta: que el día 8 de marzo último fue preso el citado sacerdote (que se hallaba embriagado, al decir de los guardias que le detuvieron por indocumentado) [...]; que conducido a la cárcel y manifestado por el obispo de la diócesis que el detenido no era tal sacerdote y sí, a la cuenta, algún vividor, fue trasladado a Málaga, por tránsitos de la Guardia Civil (empezando su martirologio) con objeto de presentarle al cónsul de Francia, y que vuelto a aparecer en Jaén, después de esto, y de haber sido llevado otra vez allí a la cárcel, manifestó deseos de venir a La Coruña, por creer que hubiese aquí cónsul de su nación».

Del representante turco no vuelve a saberse. Pasan los días y el gobernador civil decide deshacerse del problema y remitirlo a Madrid, «en cuyo punto sería más fácil identificar la personalidad del detenido». «¿Cesarán, con tal motivo, las penalidades que viene sufriendo [...] el tan traído y llevado ministro del Altísimo?». Pues no.

Una crónica de la capital dice: «Si el señor ministro de Gracia y Justicia tuviera tiempo [...], sería cosa de preguntarle si hay en España leyes que garanticen la seguridad personal, si las hay de Enjuiciamiento criminal o si es verdad que África empieza en los Pirineos, como dijo Dumas, y puede encontrarse un individuo, honrado o criminal, a merced de gobernadores, obispos, guardias, músicos y danzantes». Porque nada más poner pie en la ciudad, el persa, conocido ya en todo el país, «volvió a ser detenido a petición del señor obispo [...]. Pase lo de suponerlo impostor por no saber latín. Si por tan poca cosa puede hacerse semejante suposición, habría que prender a media España, incluso a la autoridad que hizo la suposición [...]. Pero lo que no puede pasar [...] es que se veje a una persona de la manera que lo está siendo ese desdichado».

Escándalo en Madrid

La última noticia que hay de File, ya en otoño y de nuevo libre, empieza así: «Continúa el escándalo del Cura Persa, que, por lo visto, va a hacerse tan popular en Madrid como el perro Paco», aquel que los vecinos de la Villa y Corte adoptaron al alimón. «Esta tarde -continúa- hemos sido testigos de una escena impropia de un pueblo culto. A las cuatro se presentó en la acera derecha de la calle de Alcalá [...] ese ya famoso clérigo [...]. Logró reunir a su alrededor varios centenares de personas que, en vez de compadecerse de la situación de aquel desdichado, parece como que se complacían en excitarlo con bromas de mal género [...]. El dueño de un establecimiento llamado El Capricho suplió con sus caritativos sentimientos la ausencia de los agentes de seguridad, dando albergue en su comercio al infeliz presbítero [...]. La gente se arremolinó, mientras tanto, a la puerta [...], pues por lo visto deseaba continuar la diversión empezada. Por fortuna, acertó a pasar por la calle de Alcalá el gobernador civil [...], que [...] dispuso que el cura [...] fuese conducido en carruaje al Gobierno Civil».

Todo por no saber latín.

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