Niños que no temen perder el amor de sus padres

Son menores que «se ponen en un plano de igualdad absoluta con el adulto» y que buscan la transgresión


redacción / la voz

«La prohibición tiene dos momentos: al principio solo se obedece en presencia material de quien prohíbe; después llega la educación, cuando la prohibición se ha interiorizado y el que vigila es el policía interior. El mecanismo fundamental del paso del primer al segundo momento es el temor a la pérdida del amor de los padres». Lo dice Manuel Fernández Blanco, psicólogo clínico del hospital materno infantil de A Coruña, y para él la ausencia de esta clave define al niño emperador, tirano o, como él lo denomina, niño amo. «Hay muchos padres que temen perder el amor de sus hijos -recalca- y por eso incluso cuando los castigan después les dicen eso de ‘‘pero yo te quiero mucho’’. Al revés no pasa tanto».

Manuel Fernández Blanco cree que no se puede educar desde la culpa: «Un niño lo percibe enseguida, y no hay educación sin coerción, sin castigo». Para este experto en comportamiento infantil, «el amor no debe ser incondicional». Eso no significa aplicar un chantaje emocional al hijo, ni mucho menos: «No es decirle ‘‘pórtate bien, si no no te quiero’’, es no poner la misma cara cuando se porta bien que cuando se porta mal. No puede ser lo mismo una cosa que otra».

Antes, añade Fernández Blanco, «uno hacía todo lo posible para merecer el reconocimiento del amor, para que nuestros padres estuviesen orgullosos de nosotros, pero, si crees que eso nunca te va a faltar, te conviertes en alguien ineducable».

El falso buenismo, por tanto, es un peligro. «Y sobre todo para el niño», porque «tantea los límites, los busca y si no los encuentra en casa acaba buscando transgresiones fuera», y es cuando entran en liza el hospital, la comisaría o el juzgado: «La permisividad lleva a la transgresión».

Por otra parte, su experiencia clínica le demuestra que «el castigo que no se olvida es el injusto, no el más fuerte. Si un niño está jugando con una pelota en el salón y los padres le avisan de que deje la pelota porque va a romper algo y no lo hace y rompe algo, cualquier niño sabe que estaba pidiendo a gritos un castigo. Otra cosa es llegar cansado de trabajar y gritarle al niño o castigarle porque le cayó un vaso de agua: eso es injusto». 

«Inmanejable» a los 3 años

Ser permisivo con un niño, incoherente en el castigo -hoy sí, mañana no, o prohibir algo que uno hace- y falso amigo de los hijos convierte al menor en alguien «que se coloca en relación de paridad absoluta con el adulto, no admite la jerarquía y por eso se atreve a denunciarlo en un juzgado [no habla del caso de la sentencia, sino en general]». Y no es un fenómeno extraño, al contrario, resulta cada vez más frecuente: «A veces nos vienen padres diciendo que su hijo de 3 años es imposible de manejar».

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