Ellos quieren compartir tiempo contigo

Dedicarles tiempo a los mayores es una práctica cada vez menos habitual. Por eso sorprenden iniciativas como la del taller «sharing time», del centro de mayores Geriatros de Oleiros (A Coruña), en el que residentes, incluidos dependientes, y familiares comparten actividades que priman las emociones y el tiempo de calidad

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Son muchas las personas que viven en residencias de mayores. Iniciativas como el Sharing Time, del centro Geriatros-SARquavitae de Oleiros (A Coruña), demuestran que estos centros no tienen por qué ser un lugar donde los familiares abandonan a sus mayores, y que estos reciben atención, también emocional.

 El sharing time se implantó hace tres años en el centro a raíz de «una necesidad detectada en familias y residentes», cuenta Laura Presedo, la terapeuta que lleva a cabo el taller. «Aunque las familias vienen mucho, veíamos se quedaban con la angustia de si su ser querido estaba bien atendido», explica, y señala que «a veces le cuesta más al familiar el ingreso residencial que al propio residente». Por eso, también tiene como objetivo «trabajar la idea de que no es un abandono, sino a veces una necesidad de la vida».

Esta iniciativa es un tipo de tratamiento no farmacológico que sirve, entre otras cosas, para «prevenir la dependencia, alargar la autonomía y evitar el aislamiento». Pero también hay muchos residentes que recurren al mismo «para desestresarse, liberar la emoción o la tensión o para elevar la autoestima».

Se llevan a cabo dos o tres talleres al año en los que se trabaja con familiares, con residentes o con ambos a la vez. «Este último es el que mejor funciona -dice Presedo-. Se convierte en un espacio de compartir y de descubrir, para que tanto unos como otros aprendan a vivir el presente, dejando atrás el pasado y no pensando en el futuro».

SE ERIZA LA PIEL

Las sesiones duran alrededor de una hora y media. Pero no se trata de tiempo de cantidad, sino de calidad. «Intento llevarlos al juego, a la risa, a reducir la angustia, que vean las cosas positivas y no solo lo negativo», dice la terapeuta.

«Son talleres muy emotivos. A veces no les dejo hablar y solo pueden mirarse o acariciarse. Piensa que estamos hablando de padres, hijos, nietos, un marido que está fuera y su mujer que está dentro… Se viven situaciones muy bonitas, pero que erizan la piel», cuenta, y asegura que recibe muy buen feedback. Aunque de lo que prepara a lo que sale después «hay un abismo». «Si veo que un ejercicio saca mucha rabia o tristeza, lo corto y cambio», afirma.

El taller tiene varias fases: «Siempre empiezo con una ronda en círculo para que se vean las caras, que se corte la tensión. Suelo hacer ejercicios de relajación, como risoterapia, yoga de la risa o expresión corporal, para que pierdan la vergüenza». A continuación, los que pueden se ponen de pie y «se empieza a trabajar los chakras, que es abrir el contacto con la tierra, con el aire y con los cinco sentidos. Después viene la parte musical, con biodanza, y se van alternando ejercicios suaves con otros más activos, y siempre mezclado con risoterapia, para que saquen al niño que llevan dentro, o el llanto, o la risa con llanto».

Luego se realizan ejercicios pasivos, para ir bajando el ritmo, y se termina con «una rueda de risa provocada y con relajación». «Suelo hacer un túnel de caricias o una rueda de palabras agradables». A la hora de despedirse, lo hacen con una sola palabra. Relajado, tranquilo o satisfecho son algunas de las más comunes. «A veces no les dejo hablar y les hago escribir la palabra en un post-it que se llevan para recordar esa sensación con la que se quedaron», dice Presedo, que intenta que cada taller sea diferente.

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