Cuando el San Juan era la fiesta del barrio


Aunque parezca que lo llevamos haciendo toda la vida, eso de juntarse 100.000 personas en las playas a disfrutar del San Juan es relativamente nuevo. Uno conserva aún nítida su primera vez en Riazor, allá por los primeros noventa y, bueno, había gente. Pero como mucho, 2.000 o 3.000 que, llegadas las cuatro de la mañana, apenas se contaban en decenas. Era un rito de paso. Saltabas de la adolescencia a la juventud al calor de una pequeña hoguera en la playa. Como salir por primera vez en Fin de Año o debutar en el Noroeste Pop Rock.

GENTE CON LEÑA PARA MONTAR LAS HOGUERAS DE SAN JUAN
GENTE CON LEÑA PARA MONTAR LAS HOGUERAS DE SAN JUAN

Antes de ello, el San Juan se vivía como fiesta eminentemente de barrio. A Coruña no se diferenciaba mucho de aquella ciudad de los primeros capítulos Cuéntame. Había descampados y pistas por todas partes. Permitían levantar hogueras. Los vecinos de Eirís recordarán las que se quemaban donde hoy está el Eroski. Los de Monte Alto, si rascan un poco en su memoria, evocarán las que se montaban en la parte donde actualmente lucen los edificios de la ronda. Y en los Mallos aún pervive en la memoria la parcela que ocupan los Nuevos Juzgados llena de luminarias, a cada cual más espectacular.

La leña no la proporcionaba el Ayuntamiento. Vamos, ni de broma. Se conseguía de buen rollo con los vecinos. O por métodos ilegales. Más de un constructor maldijo al San Juan al día siguiente del hurto en su obra. Al lado del colegio Liceo La Paz, cuando Matogrande no era ni un proyecto, había una zona que se llamaba «los troncos». Se trataba de un montón de postes de madera apilados que se usaban para el cableado eléctrico. Los mayores de mi barrio mangaban allí uno todos los años. Todo el mundo lo sabía. Pero daba la sensación de que ese día se era más flexible con todo.

Si tuviésemos hoy un mapa del fuego de la ciudad, este se concentraría en su inmensa mayoría en Riazor, Orzán y Matadero. Entonces no. El dibujo resultaba mucho más uniforme. Además de los descampados se levantaban hogueras en plazas y hasta en calles, muchas veces de forma temeraria. Y poca diferencia existía entre disfrutar de la noite meiga en el Birloque que en Labañou. Aquello era lo máximo. Con once años te quedabas en la calle hasta tarde, te acercabas a los mayores como uno más, te contagiabas de la fiesta y, bueno, te ibas a cama ahumado pensando que siempre iba a ser así.

Un año todo cambió. Había que ir a la playa. Era lo que molaba. Lo del barrio era «para viejos o críos». Y fuimos. Y lo pasamos genial, también. Pero con ello perdimos algo que en muchos barrios resulta ya irrecuperable. Quedan reservas, como el Ventorrillo, el Barrio de las Flores o Vioño. Reductos de resistencia de lo que antes era San Juan y, poco a poco, casi ha dejado de ser. Ahí también se vivirá hoy la mejor fiesta del año. Pero a la vieja usanza.

Por javier becerra CORUÑESAS

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