La playa se ha ido comiendo poco a poco en los últimos años al San Juan de toda la vida, aquel que cada cual celebraba en su barrio, con sus vecinos y aprovechando la infinita generosidad del dueño del bar de la esquina, que sacaba la parrilla y repartía sardinas entre la parroquia mientras los chavales del lugar prendían la hoguera en el descampado más cercano.

 Había, incluso, rivalidad entre barrios, a ver quién tenía la hoguera más grande. Y en esto, el podio lo encabezó durante mucho tiempo la de Mariñeiros, donde los jóvenes -y no tan jóvenes- mostraban su creatividad dándole formas inimaginables a la lumeirada, entre ellas la de un submarino.

Tras la construcción del Ágora y la reurbanización de la zona, el espacio que acogía la hoguera gigante fue menguando, y sus autores fueron creciendo. Aún así, todavía se montan cacharelas en la parte alta, donde aún no ha llegado el cemento.

Otros que presumen de un San Juan con denominación de origen son los del Barrio de las Flores, donde la madera lleva apilándose desde hace semanas bajo un árbol situado en la parte baja del pabellón polideportivo. Aunque si se trata de hacer acopio de madera, quizá el récord lo hayan batido en Vioño. En el descampado situado frente al paso elevado de la Sagrada Familia, que habitualmente se utiliza como improvisado aparcamiento, llegó a haber una cabaña con mobiliario y todo. Y por último, Elviña, Labañou o Eirís, cada uno con sus respectivas hogueras, entran también en el cuadro de honor de los San Juanes de barrio que han sobrevivido a la pujante moda de los arenales.

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La ciudad de las mil hogueras