El fútbol del Trinche Carlovich


En el patio del colegio Martín regatea a uno, a otro, mete un caño, se atreve a intentar una gambeta y su profesor, Jesús, no pierde ocasión de gritarle en el recreo: «Hoy otra vez he disfrutado viendo al Trinche Carlovich». Martín aún no sabe quién es el Trinche, pero a sus 8 años solo disfruta moviendo la pelota entre los pies, desde que se levanta hasta que se acuesta. De tanto oír eso de Trinche a diario, sus compañeros lo han apodado así y ahora en cada jugada repiten ese nombre: «Dámela, Trinche», «aquí, Trinche», «pásala, Trinche». Y la mítica del que es leyenda del fútbol argentino acaba cuajando en un chavaliño coruñés que termina leyendo cualquier curiosidad del futbolista y viendo todas las imágenes que hay de las poquísimas que existen de Tomás Felipe Carlovich. El futbolista rosarino que jamás jugó en Primera, que nunca llevó la camiseta de la selección argentina, pero al que todos en su ciudad recuerdan como el mejor de la historia, por encima de Maradona. El zurdo al que Marcelo Bielsa fue a ver todas las tardes de los sábados durante cuatro años seguidos solo por el placer de observarlo haciendo magia con el balón. El mismo al que Menotti definió con una frase genial -«Le gustaba más el fútbol que ser profesional»- y el mismo que, después de ser expulsado con una tarjeta roja, tuvo que ser readmitido por el árbitro ante el abucheo de los aficionados. El romanticismo del Trinche creció en forma de leyenda entre los habitantes de Rosario que, según Valdano, es la forma más exagerada de ser argentino.

No sé si en esa hipérbole comparativa, los coruñeses somos también el modo más exagerado de ser gallegos, pero sí es verdad que en nuestro código de barras el fútbol nos ha distinguido en esa mítica, en una cosmovisión que nos diferencia por barrios. Quizás porque he crecido en las sobremesas en las que se hablaba sin parar de jugadores que no eran el Trinche, pero sonaban en el recuerdo también a leyenda, cuando el fútbol modesto coruñés movía al público al campo. Y tu equipo te marcaba en esa categoría aficionada, en la que no era lo mismo ser del Orzán que del Vioño o del Liceo de Monelos: «Amancio salió del Victoria; Manolete, del Deportivo Ciudad; Pellicer, del Liceo; Crecente, del Gaiteira; Beci y Cholo, del Orzán...». Todos esos nombres siguen ligados en la misma película año tras año, como en aquel relato de Juan José Campanella que tan bien describía la pasión en El secreto de sus ojos. La pasión que mueve a Martín, la pasión del Trinche, la pasión de tantos y tantas en esta ciudad que han dejado su huella y que los coruñeses se han encargado de transmitir con orgullo. El orgullo bohemio del Trinche Carlovich: el placer de jugar al fútbol, de jugar mejor que nadie. El fútbol «potrero», el fútbol de patio, el fútbol que jamás es una obligación.

Por sandra faginas Coruñesas

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