Aylan en los Cantones


Desde el Obelisco a Puerta Real, enormes imágenes (en todos los sentidos) nos recuerdan que, aunque ya no lo queramos ver, siguen llegando a Europa miles de refugiados. Con el calor de estos días, con las calles llenas de sol, las fotografías de Javier Bauluz resultan más dolorosas. El fotógrafo nos grita que son padres y madres, que son familias, los que tratan de buscar para sus hijos un futuro mejor. Niños. Niños como Aylan. Niños como los que nosotros paseamos por esas mismas calles, delante de esas fotos. Las miramos un poco de reojo, con nuestros helados y nuestra ropa seca y limpia, incapaces de imaginar que los niños que se la juegan en esas lanchas, que se sientan en esos bancos en los campos de refugiados para ir a clase tiene la edad de los nuestros, que corren felices con el patín al lado del campamento que el fin de semana transformó los jardines de Méndez Núñez gracias al proyecto Acampa. Del columpio al infierno en dos días. Pero nosotros seguimos paseando.

Ayer visitó el programa Voces de A Coruña una ruandesa de 25 años. Se llama Mireille Twayigira y con dos años empezó a huir. De su país, del genocidio. Pasó por Burundi, el Congo, Angola, Zambia... hasta terminar con ocho años en un campo de refugiados en Malaui. Vivía con su abuelo porque sus padres habían muerto. Y nos contó que sus recuerdos de aquel campo son felices, por primera vez podía hacer amigos, jugar e ir al colegio. Porque la vida tiene estas oportunidades, acabó estudiando Medicina en China, y hoy ejerce en un hospital en Malaui.

La escuchaba desde el otro lado de la pecera y pensaba en los niños de las fotos de la Marina. En sus padres. En nuestra manera de pasar al lado de las imágenes como si fueran algo inanimado o frío. Se nos ha olvidado Aylan. Y el médico, el profesor, el camarero, el pintor... el buen hombre que pudo llegar a ser. En la radio, Mireille pedía a los jóvenes que se pregunten por qué están aquí, qué pueden hacer, cuál es su propósito en la vida. ¿Cuántos de nosotros nos hemos parado delante de alguna de esas imágenes a preguntarnos lo mismo? Hacer la prueba, pensar en las respuestas que daría uno de esos niños, debería ser suficiente para asumir que nosotros podemos ser ellos. Con nuestra ropa limpia, nuestros helados, nuestros paseos, imaginando que la exposición es parte del mobiliario urbano, que no tiene vida. Que no nos pregunta nada.

Hasta julio tendremos oportunidad de pararnos delante de las fotos, de visitar las demás exposiciones en el Kiosko Alfonso, en la casa museo Casares Quiroga, en el CGAI, en Palexco... y tal vez de demostrar que no nos hemos vuelto indiferentes.

Autor aNTÍA DÍAZ LEAL Coruñesas

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