Tribulaciones de un carterista

En el calabozo de una comisaría, el Perico, «amable profesional», desvela cómo vive del difícil arte de vaciar el bolsillo ajeno, un negocio que «va a la quiebra»


Redacción / la Voz

Viernes, 13 de febrero de 1953

El de carterista no es un trabajo cualquiera. «Dentro de su ambiente [...], se consideran la aristocracia. La mayoría de ellos son incluso de agradable presencia». Para ejercer, hay que tener «cara inocente, y con toda seguridad, vista de lince».

Intrigado por la aparente escasez de este tipo de profesionales en A Coruña, un periodista de la redacción central de La Voz se acerca a la comisaría más próxima a investigar «las causas de la crisis». En los calabozos da con el Perico, «amable profesional» que, además de explicar de dónde viene la agonía del sector, no tiene inconveniente en detallar «los procedimientos habituales». 

Cardíacos

Asegura el Perico que algunos de sus colegas «están trabajando ahora, pero en otras actividades, honradamente. Hacen bien. Viven más tranquilos». Según dice, los carteristas «escasean más porque la Madam -se refiere a la policía- no deja operar a gusto». Es más, «nos hace la vida imposible. El negocio va a la quiebra», por lo que no quedan ya en la ciudad más que «cincuenta, aproximadamente». Porque además de las fuerzas del orden, hay otros inconvenientes. «Lo cierto es que para poder sacar una saña (cartera), hace falta valor [...]. Si fallamos, nos exponemos a la bronca, que es como nosotros llamamos al lío que se forma cuando nos descubren. Pasamos muchos sustos, y no me extrañaría que terminásemos siendo cardíacos».

Lo más fácil en el oficio es coger el dinero de los bolsillos de los pantalones. «Eso lo hacen hasta los más novatos. Suele hacerse entre dos, y se llama la operación del grilo. El consorte, o caballo, ayuda al que opera directamente». 

El «parto» de la cartera

Hacerse con una cartera del interior de una chaqueta es harina de otro costal. Explica el hombre que «hay varios métodos. Uno de ellos, considerado como antiguo y peligroso, tiene que hacerse entre dos. Uno hace la muleta, o capa, con un periódico, un paquete o una gabardina, que se mete casi en las narices de la víctima, en un empujón casual, para que no vea nada, mientras el consorte, provisto de una hoja de afeitar, rasga el forro por el lugar adecuado, y no tiene más que poner la mano por debajo para ayudar al parto y coger la cartera, que cae por sí sola. Claro que todo se hace en menos que se cantan las cuarenta al tute. Luego se astilla a medias».

Vamos ahora al método moderno. «Consiste en hacer pinza con dos dedos de la mano. Se llama operación del piquero, o tomador del dos. Tiene que hacerse con una gran serenidad, limpiamente, ya sea con una cartera, una pluma o cualquier otro objeto». ¿Y si nos encontramos con una chaqueta bien abotonada? «Pues en un apretón, en tanto uno hace capa, otro la desabrocha y termina la operación». 

Sacos, libras y cangrejos

Al reportero le intriga si compensa tanto estrés, cuánto hay que arriesgar para decir que el carterista ha hecho el día. El Perico considera que «cuando se logran cuatro sacos ya está bien. En su lenguaje, el saco equivale a mil pesetas. Este se divide en diez libras, de cien pesetas cada una, o veinte medias libras, de cincuenta. Claro está que muchas veces pasamos días y días sin hacer ni un cangrejo -veinticinco pesetas-. Las pasamos negras». Pero que no sea por escatimar horas: «Los chorizos somos muy madrugadores», aclara. La jornada laboral comienza «con los primeros coches de línea, cuando empieza el trabajo y la actividad mundana. Trabajamos por igual en las aglomeraciones, en los tranvías o trolebuses o en las estaciones, pero comenzamos temprano». Y se adaptan a los tiempos. «Con los tranvías se operaba con más tranquilidad, porque podíamos saltar del coche enseguida. Con los trolebuses, en cambio, como llevan las puertas cerradas, si se arma la bronca, nos pillan fácilmente».

Cubierta la expectativa, el reportero se despide y pone rumbo a la redacción. «Inconscientemente nos llevamos la mano a los bolsillos, con miedo, después de escuchar tantos sistemas. No faltaba nada. ¡Buen rapaz, el Perico este...!».

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