«No hay líneas rectas en el viaje»

Camerunés afincado en A Coruña, relata su integración y la deuda del mundo con África


a CORUÑA / LA VOZ

«Europa es, literalmente, la creación del Tercer Mundo». La histórica proclama de Frantz Fanon suena nueva en la voz de Carles Joel Socpa Noufougna. «Le Pen dice que los africanos tienen que regresar a África... Francia entera fue construida por los africanos. Los franceses explotaron toda la materia prima de África, hay empresas francesas en Camerún con contratos de 500 años, gente que tiene en propiedad casi todos los puertos del continente. Así no podemos evolucionar. No tiene Francia PIB para pagar lo que le debe a África. La deuda económica y la deuda de sangre. No tiene capacidad para eso. Nosotros formamos parte de Francia», afirma Carles Socpa en un perfecto español de vocales afrancesadas a pocos metros del andén de la estación donde en media hora empezará a trabajar al volante de un autobús de Cal Pita. Y continúa: «Y dicho esto, siempre digo que hay que respetar las normas de cada país. Igual que tú no vas a Camerún a decir a los cameruneses cómo tienen que vivir o vestir, quien llega aquí tiene que integrarse para poder prosperar. O te integras o te paras. No integrarte y creer que estás en un país sin ley te generará problemas y los problemas derivan siempre en incompetencia y en historias que no te dejan avanzar».

El lenguaje del viajero inunda el relato de este bamileké -una etnia bantú formada por dos millones de personas-, que hace veinte años, «cuando emigrar era más fácil, como ir al súper», bromea, salió de Camerún con la meta de llegar a Europa y camino de Europa pasó por Libia, Dubái, Singapur, Argelia y Marruecos. «No hay líneas rectas en el viaje. En la aventura que es emigrar desde África nunca piensas cuánto tiempo permaneces en cada país. Nunca olvidas la meta. Solo se trata de avanzar por el lugar menos malo. Yo crucé el desierto de Libia de noche, solo, desde... ¿Peligros? Que tu persona sea la comida de otro, por ejemplo. Mucha gente en África ve que la gente llega, llega, llega, pero no sabe lo que han pasado».

Carles Socpa no ha vuelto a Camerún. Vive con su mujer y su hijo, ha traído a España a su madre, a dos hermanos y a una hermana -«hice por mi familia lo que pocos europeos...»- y pronto tramitará el viaje de la benjamina, una soldadora con máster por consejo de su hermano mayor. «Las penurias de las mujeres en África no son las de los hombres. No son vidas. Acerca de esto no comparto la opinión de algunos compatriotas. No está bien», opina.

Ahora el viaje es interior. «Le advertí a mi madre que si algo pasa y muero antes no tienen derecho a enterrarme en Camerún. Mi mujer sabe que quedaré aquí». A Coruña es el sitio. En quince años estuvo menos de dos en paro -«porque cerró la empresa», matiza-, encadenó un trabajo tras otro, una empresa con otra y un permiso de conducción detrás del anterior, en la búsqueda perpetua del migrante. «Nunca he parado. Que un africano mande el currículo a Inditex no es habitual. O para qué ir tan lejos. En Cal Pita lo presenté con insistencia. Si ser negro afecta a que lo tomen en consideración nunca lo pienso. Galicia es más pequeña. En Francia o Alemania si mereces el puesto te lo dan con independencia de que seas negro, amarillo o azul. Pero no lo pienso».

Carles Socpa es respetado en la comunidad africana y no deja pasar su gratitud a una retahíla de personas y empresas. Devoción siente por su pareja. «Soy lo que soy gracias a ella. Aprendí a escucharla y me guio. Pocos africanos sabemos pedir opinión a nuestra mujer. Y es importante».

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