Lo que más nos gusta de Coruña es...


Hace algunos años leí en el libro de Manolo Rivas Galicia, el bonsái atlántico una frase que se ha vuelto recurrente en mi entorno: «Para galego vale calquera». Él lo ponía en boca de un zapatero -creo recordar- con la intención de condensar la universalidad de nuestra esencia. Haciendo suya la frase, no sé si me atrevería a hacer un paralelismo y apuntar en esta crónica que para coruñés vale cualquiera, aunque desde luego si a mí me preguntan qué es lo que más me gusta de esta ciudad diría sin dudarlo su gente. Será que me he hecho a ella o que no soy capaz de distinguir, como en los hijos, los defectos (y aunque los vea me da igual), o será que esto mismo que estoy escribiendo es en sí mismo muy coruñés. No lo sé.

A mí me gusta de Coruña esa mezcla natural de hablar con unos y otros, de ser de barrio y sentirse del centro, de estar cenando con cualquier mandamás y al momento estar tomando una cerveza con el colega de siempre, poder sentarlos juntos y que enseguida fluya la conversación como si tal cosa. Hablar de fútbol, del último local que se ha abierto en los vinos, del trasatlántico que acaba de llegar, del pescado de la plaza, del lío de La Solana, de la niebla que estropeó la playa y hasta de lo bien que está Vigo. De lo mejor que se está aquí, claro, y de los cambios que haríamos si nos tocase ser alcalde. Hablar de nuestras cosas, de si los coruñeses tienen más bigote que la media, si la parka sigue siendo nuestra prenda estrella, si tuvo sentido peatonalizar la Marina, si el pulpo está más rico aquí o allí, o si contra Paco vivíamos mejor.

Con esto, dirán algunos, se nace. Pero por experiencia sé que el coruñés se hace; se hace si se quiere, pero se hace. Se hace al jersey por los hombros, a salir a andar por el paseo (algunos lo denominan «dar la vuelta a la Torre»), a tomar el vermú en Padre Feijoo o en la calle San Juan y a quedar en el Playa. Todo este canto del alma viene a cuento porque el otro día se me ocurrió preguntarle a un grupo de niños qué era lo que más les gustaba de Coruña y todos respondieron al unísono lo mismo: el mar. El mar, el mar y la playa, o la playa y el mar. Pero no se movieron de ahí. ¿Y lo que menos?, repregunté. A ninguno se le ocurrió contestar que la Refinería, ni ir de compras a un centro comercial, ni siquiera la vidriera de los escalones de La Solana que comentaba Luís Pousa el otro día. Lo que menos les gusta de Coruña -respondieron- es que «solo hay gente mayor».

Partiendo de que me guste o no pertenezco a este grupo, pensé entonces en cómo habría que vernos desde sus ojos y que todo lo bueno que tenemos; lo que nos gusta de verdad, aquello de lo que hablamos y disfrutamos no tiene interés ni atractivo sin niños. Ellos son los únicos que realmente saben ver lo obvio: que sin niños no hay coruñeses.

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