David Otero: «Seguir con El Canto del Loco sería como estar casado con una mujer rica a la que no quieres»

La semana que viene el músico madrileño presentará, en un concierto acústico, el primer disco que saca a su nombre


A Coruña

En el 2008 David Otero daba con su exbanda El Canto del Loco un concierto en el Coliseo para 9.000 personas. Estaban en la cúspide de una trayectoria que iba a finalizar poco después. De esa ruptura nació El Pescao, que ahora se ha transformado en David Otero. Este jueves 27 actúa en A Coruña (Fórum Metropolitano, 21.00 horas, 18/22 euros).

-¿Lo de David Otero es un solo cambio de nombre o algo más?

-Solo es el cambio de nombre. Uno se va haciendo mayor y cada año que pasa te preguntas: «¿Esto del pescao cómo lo vendo ahora?». Una vez íbamos a tocar en el festival de Salinas y nos viene a buscar el chico de producción y nos pregunta: «¿Dónde están las cajas del pescado para la barbacoa?» [Risas]. Le tuve que decir que el Pescao era yo y que íbamos a tocar. Y el tío con la furgo preparada con los asientos echados para adelante para colocar el pescado. Me pasaban ese tipo de cosas y dije: vamos a hacer un reset.

-El nombre era llamativo e invitaba al humor. Su nuevo disco, realmente, también suena muy fresco y positivo.

-Sí, no han cambiado mucho las cosas. Quizá en este disco he buscado arreglos más orgánicos y más español, de alguna forma. El anterior lo hice con un productor alemán y sí que sonaba un poco frío. Hablando con un amigo músico, Marcos de La Sonrisa de Julia, me decía que me pegaba un poco más de caos en la producción. Era muy acertado. Cuando está todo tan cuidado y tan medido no funciona tan bien. Si metes algo más de caos y de desorden sí que conecta más con lo que estamos acostumbrados a escuchar aquí y con cómo entendemos la música los españoles. Creo que ahí sí que, de alguna manera, hemos dado un paso atrás para dar dos hacia adelante.

-De todos modos tiene un toque de pop sintético que conecta mucho con lo que se lleva ahora. ¿Lo buscaba?

-No está muy pensado. No íbamos al estudio así, pensando en referencias. Tengo la suerte de tener el estudio al lado de casa y tengo un montón de cacharros de varias épocas distintas. Esas cosas analógicas, de repente, ahora suenan muy modernas. No son cosas top, de alta gama. No es un Juno de estos de los ochenta que valen 5.000 o 6.000 euros. Son casiotones y cajas de ritmos baratas de los ochenta. 

-¿Escuchaba eso de joven?

-Yo escuchaba lo que salía en la MTV. Black Hole Sun de Soundgarden, por ejemplo. Lo veías y te quedabas impresionado. O los vídeos de Nirvana o Green Day.

-Green Day les había influenciado mucho en El Canto del Loco.

-Sí, para nosotros era lo máximo. Sobre todo en mi caso, en las guitarras. También en las composiciones, con las tríadas fáciles ramonianas. Muchas canciones nuestras eran tres acordes, sol-do-re y mi en el puente y otra vez sol-do-re. Y a correr. Funcionaban que te cagas, porque casi importaba más la energía que le dabas a la mano al tocar y cómo te pegabas al bajo y la batería que hacer una transición de acordes mucho más estética a lo bossa-nova. Ahora, en mi época en solitario, quizá navego entre otros acordes y otras combinaciones de armonía que antes. La energía ha cambiado. Y el estado de ánimo también.

-Canciones como «Micromagia» parecen una invitación al optimismo. ¿Quiere empujar a los fans a eso?

-Me empujo un poco yo ahí. Luego, el que quiera venir, bienvenido. No me gusta demasiado dar mensajes imperativos al oyente. Lo hablo con mis amigos que no me gusta eso. Veta a, tienes que... en esta canción más bien lo sugiere. ¿Por qué no te fijas en las cosas pequeñas, que son muy bonitas, en vez de pensar solo en lo grande? 

-¿Sigue la gente echando de menos a El Canto del Loco?

-Sí, claro. Ocurren cosas curiosas. Por ejemplo, re subes a un taxi y el conductor te mira enfadado y te dice: «¿Pero por qué os habéis separado? ¡Ni a ti ni a Dani os seguimos!». Pero es que la vida es así y uno tiene que seguir lo que le dice su corazón. Estoy contento porque nosotros fuimos honestos. No tanto con el negocio, como con lo que pensábamos. Porque de negocio aquello era tremendo. Podíamos haber chupado de eso tiempo in haberlo sentido. Pero para mí seguir con El Canto del Loco sería como estar casado con una mujer rica a la que no quieres. Era como traicionar a tu corazón.

-Cuesta encontrar ahora un grupo de pop-rock nacional capaz de meter a tanta gente como El Canto del Loco en su momento. Aquí tocaban ante 10.000 personas cada vez que venían.

-Aquello fue una locura, desde luego. Ojalá venga un grupo y lo reviente, porque eso es bueno para todos. Apostar por el producto nacional es algo que hay que defender, porque a la gente le gusta. Al final pecamos un poco en nuestro país de echar mierda sobre lo nuestro. Es eso de: «Bah, si estos son unos pijos». A nosotros nos lo han dicho toda la vida.

-Dijo en una entrevista que consideraba un error autoeditarse un disco. ¿Por qué?

-Bueno, hay que probar. A mí me gusta arriesgarme, en el riesgo está la emoción y, a veces, la equivocación. Gracias a eso me di cuenta de que donde yo podía enfocarme como quería era si tenía el respaldo de una compañía, que hiciera las cosas que a mí me costaban tanto esfuerzo. También depende de dónde vengas, lo que la gente ve de ti. Yo creo que a la gente que me sigue le da exactamente igual donde estoy, si estoy en una multinacional o si soy independiente. Le gustan las canciones sin más. Hay otro tipo de público que sí que valora mucho si un artista es independiente y lo tienen que cuidar más. A mí no me sucede. Darte cuanta de dónde estás tú y lo que eres es muy importante.  

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