A la sombra de la torre de Marathon


Cuando el Teresa Herrera era el Teresa Herrera, Bernd Schuster disputó un par de torneos en Riazor con el Barcelona. Cuenta la leyenda que, al ver la figura de plata de la torre de Hércules sobre el césped, el alemán observó sorprendido el trofeo. Alguien se había confundido -pensó el medio- porque aquella figura no se parecía en nada a la única torre que tenía a la vista. Él no quería pelear por la torre de Hércules, sino por la torre de Marathon, que era la que suponía que tenía que adornar las vitrinas del Camp Nou. No ganó el título con el Barça y lo más cerca que estuvo entonces de un Teresa Herrera fue durante la célebre perrencha de Maradona en la sala de trofeos del Barcelona cuando, ante la negativa de Núñez a dejarles participar en el partido de despedida de Paul Breitner, el 10, furioso, agarró un Teresa Herrera y lo arrojó contra el suelo ante el pánico del timorato presidente blaugrana y el asombro del metódico alemán.

Puesta de sol en la Torre de Marathon
Puesta de sol en la Torre de Marathon

Lo que quizás nos quiso decir entonces Bernd Schuster es que en A Coruña siempre hemos sido algo injustos con la torre de Marathon, que es el patito feo de los iconos verticales de esta ciudad que siempre le busca las cosquillas al cielo. Aquí hemos mimado mucho, claro, a la torre de la Hércules. Al Obelisco y a su primo segundo, el Millennium. Incluso con el tiempo le hemos cogido cariño a los depósitos de agua del Ventorrillo y Monte Alto. Pero a la torre de Marathon siempre la hemos dejado un poco de lado, como si nos estorbase esta seña de identidad de nuestro pasado ahora que nos creemos muy modernos y avanzados.

La torre de Marathon nos recuerda que Riazor fue durante décadas un estadio de atletismo, hasta que se esfumaron las pistas, y que siempre hemos sido un poco anglófilos, por eso le pusimos Marathon, con th y sin tilde. En la torre de Marathon se ocultaba el locutor histórico de Riazor, esa voz que llevamos grabada en la trastienda del cerebro repitiendo que Tintorerías Mil Colores siempre serán las mejores. Un día tapiaron la torre de Marathon y a nadie pareció importarle demasiado. Tampoco cuando, en la última reforma del estadio, al arquitecto se le quedó fuera la torre entera, con sus tres mástiles sin banderas y su puerta cerrada. Lo de dejarse fuera del estadio la torre de Marathon, supongo que para dar más asientos a la grada que lleva su nombre, más que un olvido fue un abandono. Cuando bajo de la avenida de La Habana a Manuel Murguía y la veo allí plantada, la torre de Marathon me recuerda a uno de esos perros que los dueños abandonan en una gasolinera y se quedan allí quietos, esperando a que regrese su familia. La torre de Marathon también se quedó un día sentada en la acera, aguardando a que vuelvan sus dueños para abrirle la puerta. Y soñando con convertirse en aquel trofeo que un lejano agosto se inventó Bernd Schuster.

Por LUÍS POUSA Coruñesas

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A la sombra de la torre de Marathon