Una herida con voz propia

Celso Castro nos sacude con «Sylvia», la historia de un amor difícil e inevitable


Viendo lo alto que vuelan las tonterías, caer es muy estimulante, parece la forma de soñar sobre la tierra. Con dolor y placer se cae en Sylvia, en la voz de un autor que es ya un secreto a voces (qué pena...) de nuestra literatura. Celso Castro escribe y se escribe celso castro, con minúsculas, decidido a romper la norma y abrazar la verdad de la vida. Pero quizá su intención sea solo escribir. Lo agradecemos.

Sylvia, que empieza como el mundo, como un parto, con un llanto, es una herida sangrando a borbotones. Una historia de amor difícil e inevitable entre un joven poeta -marcado por el apego a la madre y la ausencia del padre- y una editora, y poeta, diez años mayor. Él, narrador protagonista, no tiene nombre, pero cómo le conocemos. Cómo se abre al medio ante nosotros. «Si nunca has suplicado de rodillas que no te abandonen, si no te has arrastrado a los pies de la persona que amas y no la has seguido babeando hasta el ascensor y por favor, por favor, y que harás lo que quiera, pero por favor... [...] es mejor que me dejes en paz y te vayas por ahí, porque no entenderás ni una palabra de lo que quiero contarte, ni una sola palabra», se presenta esta no sé si decir novela, el nuevo relato de un yo único que ha encontrado la forma de hacerse oír pero no fuera, sino dentro de nosotros. Yo subrayaría otros párrafos, pero les dejo que los descubran por sí mismos...

Llena de violencia, ternura y dolor existencial, entre besos y cuchillos y puntos suspensivos con sentido, Sylvia nos seduce sin esfuerzo, sin razones ni contexto, no hace falta más que un gesto suyo, la visión de un vestido de seda verde o una camiseta de tiras para perseguir un sueño. ¿Es Sylvia una mujer o un ideal? Vulnerable y poderosa, nos lleva de la mano por el sentido más familiar del lenguaje a la playa de Riazor, a las rocas del Orzán, o al Obelisco, o a una casa de la calle Real de una Coruña muy vivida, la de los relatos de Castro, que se va abriendo al paso del lector a la vez que él va abriendo su memoria («a veces tengo la sensación de que yo me continúo en lo que me rodea ¿no te pasa?»). En sylvia, en la que el monólogo es diálogo, conversación íntima entre el yo del autor y el del lector, caminamos, además de la ciudad, nuestro paisaje interior, con su ángel y sus demonios, sin hipocresía, esa liturgia que apaga la verdad y el fuego de la vida, y a la que dispara, como a la vanidad literaria y al posado familiar de foto, el autor que debutó con De las cornisas.

Celso Castro nos devuelve al camino de Proust, y a Shakespeare, e invita a evocar la tragedia de Plath, que dijo: «La perfección no puede tener hijos». El verso guiña un ojo a la novela. Oímos en Sylvia a ese niño-adolescente febril, terrible y lúcido de Entre culebras y extraños, al que queremos. Sylvia es también nueva, distinta, pero hace sentir eso. Que la narrativa de Castro es, en esencia, poesía. Que no hay quien mate a la madre. Y que más que la historia cuenta la voz. Y esta voz no dejamos de escucharla.

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