Las cigarreras coruñesas y la elaboración de los pitillos

En 1857 se empezaron a producir cigarrillos en la Fábrica de Tabacos de la Palloza


Historias con historia

«¿Es ya la hora?», susurraban entre sí las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de la Palloza. Aquella mañana, del lunes 7 de diciembre de 1857, la agitación se palpaba en el ambiente de los talleres. Las operarias del tabaco estaban muy descontentas con la dirección y con las nuevas labores que les estaban encargando. La situación era explosiva. Las noticias publicadas en los diarios El País de Pontevedra, el día 13; La Corona, de Barcelona, el 17; El Diario de Córdoba, el 16 y el 18, y La Iberia, de Madrid, el 20 de ese mes, nos permiten reconstruir lo acontecido.

El consumo de cigarrillos, liados en papel o en cajetillas, así como el de picadura de tabaco se estaba extendiendo entre la población y cada vez había más demanda de ellos por ser más baratos que los tradicionales puros y habanos. Estas producciones se habían empezado a hacer en la fábrica de Alicante y, ante su creciente solicitud, la arrendataria de Tabacos las estaba ampliando a las demás fábricas. Las nuevas labores implicaban cambios en las operaciones y permitían iniciar la mecanización del proceso y una mayor rentabilidad. De acuerdo con esta política, en la de A Coruña se procedió a la formación de un taller de picadura y de elaboración de cigarrillos, instalándose máquinas nuevas para picar el tabaco.

Las cigarreras destinadas a esta nueva sección tuvieron que aprender la manera de hacer los pitillos, siendo enseñadas por una maestra madrileña traída con este fin. Además, se les dio un nuevo instrumento metálico, un cilindro de latón cortado en pico de flauta, llamado uña, para hacer las cabecillas o dobleces con que se cierran los extremos de los cigarrillos para que no caiga la picadura. Se les pagaría por cantidad de cigarrillos hechos, a 6 maravedíes de vellón el ciento. Como no estaban acostumbradas, pues hasta ese momento hacían todo solo con sus dedos, no se adaptaron bien al proceso, tardando mucho más en elaborarlos. Eso hizo que ganasen bastante menos que antes, apenas una tercera parte del jornal habitual.

En las secciones tradicionales de virginias y habanos las quejas también surgieron por las nuevas exigencias de la dirección, que mandaba laborear los puros con mayor perfección. Como también trabajaban a destajo y por cantidad realizada, el ligero incremento de precio que se les daba por ellos no compensaba a las cigarreras el menor número de puros que hacían, debido al tiempo que perdían en terminarlos con mayor esmero. Además su desazón se incrementó pensando que en el futuro los fumadores preferirían los nuevos pitillos, disminuyendo el consumo de puros y quedándose ellas sin su jornal.

Todas estas novedades y el trato que recibían del contratista de la fábrica no sentaron muy bien a las cigarreras coruñesas. Las quejas cada día eran mayores y el tono, cada vez más acalorado. Estaban muy incomodadas, pues todo el sacrificio para que la fábrica obtuviese mayores beneficios recaía sobre su esfuerzo y habilidad, que no eran compensados con lo que obtenían como pago. El domingo 6, varias cigarreras visitaron las casas de sus compañeras. Buscaban apoyo para protestar. Continuará...

Las protestas llegaron a raíz de un nuevo método de elaboración con el que ganaban menos

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