a coruña / la voz

«¡Sois normales, sois normales!», insultaba Lana, reportera de la cadena de televisión estadounidense Daily News, con su micrófono de pega en los aledaños de la plaza de España. A su alrededor había demasiadas personas normales. «Disfrazados poquísimos. Hace diez años pandillas de todos los barrios quedábamos para bajar y los raros eran los que venían sin disfraz. Hoy es al revés», explicaba una mujer de 42 años rodeada de su pandilla, todos ellos disfrazados.

El choqueirismo está vivo. Solo tiene que volver a crecer. Entre Finita Lesta y Lucía Ramil hay 86 años de diferencia. Finita es una institución. Tiene placa en la calle San José y si por ganas fuera los vecinos la llevarían en volandas con el pesadísimo traje de bobinas de hilo que la mantuvo ocupada desde marzo del año pasado. Es costurera y a la una de la tarde, en el homenaje a Gelito, su hija ya mostraba signos de agotamiento. 

Atasco en la Torre

A Lucía su abuela también le cosió una falda diminuta para su primer martes de carnaval. A las ocho de la tarde sus padres no se atrevían a entrar en la Torre y esperaban en un claro de la plaza de España desde el que se veía el tropel de gente tratando de subir hacia el escenario del Campo de Marte donde se celebraría el concurso de disfraces. La aglomeración había causado minutos antes un pequeño colapso a la altura del número 42, cuando una comparsa hizo un inoportuno parón en su desfile y decenas de personas quedaron atrapadas sin poder moverse. «Me cogió en el medio, no había manera de salir, hasta yo me agobié un poco», explicó Xosé, un veterano acostumbrado a lidiar con multitudes peores que esta. Desde arriba quienes querían retroceder hacia el Campo da Leña optaban por dar un rodeo por Orillamar, pero pronto se colapsó la calle San Juan y muchos optaron por quedarse donde estaban. Y mirar.

Trump, Paco Vázquez, el retrato de Paco Vázquez, misses en bikini (mujeres, extrañamente), tribus enteras de indios, niñas pistoleras, adultos disfrazados de pollitos, egipcios, folclóricas con faralaes (hombres)... Ayer fue el día de los solitarios. Muchos miembros de comparsas, agotados y comprometidos con el entierro de la sardina que cerrará hoy las fiestas, ya no llegaron a acercarse a la calle de la Torre. Fueron los choqueiros los que se mofaron de los normales, mil veces más numerosos e insípidos. De ahí que alguien propusiera un corredor callejero para que los choqueiros desfilen en su esplendor, en lugar de subir a un escenario, y que sean el jurado y los normales quienes tengan que moverse en torno a ellos. 

Del ritual en honor a los muertos de la choqueirada, a Papi, el último ilustre

Un vikingo con semblante grave y una cerveza en la mano se deja caer sobre una farola. Pasa una mexicana.

-¿Qué, seguimos desayunando?

-Non, agora é o vermú.

Que el carnaval es algo serio en el barrio de la Torre quedó probado a las dos de la tarde de ayer durante el último homenaje de los cuatro que ofrecieron los choqueiros máximos a sus predecesores a lo largo de la mañana. Afectados después de más de una semana de fiesta, con algunas pelucas ladeadas, la humedad en el cuerpo y la sorna indisimulada en el rostro, un grupo escogido de miembros de Os Maracos (la comparsa más antigua de la ciudad), vestidos de mexicanos en la era de Trump, domadores de leones de Monte Alto a 100, arlequines de los Kilomberos premiados en el concurso del sábado, media horda de vikingas de la comparsa Pantaleón y cardenales -«Los amigos de Paco»- del Vaticano de Monelos entonaron todos a una las últimas coplas del 2017 antes de retirarse y coger fuerza (los que pudieron) para la exhibición de la tarde.

Los muertos habían sido honrados. Cada martes choqueiro una comisión delegada recorre su particular viacrucis por las cuatro estaciones dedicadas a Nito, el ilustre autor de los apropósitos, en la calle del Sol; al legendario Manuel García Canzobre en la plaza del Parque; al no menos fabuloso César San José («Hola, joven, y perdone por lo de joven»...) en la esquina de la Torre con San José, y al concejal Iglesias Mato, Palau, al fondo de la calle San Juan.

A la una de la tarde el Mariachi de Canzobre entretenía a la concurrencia con un popurrí de piezas del burlador de censores mientras esperaba la llegada del concejal de Cultura, José Manuel Sande, que iba a pronunciar unas palabras y a descubrir una placa en su honor. Llovía y el hombre del micrófono caldeaba el ambiente: «Que viene», «Ahí viene», «No viene», «Que venga, que nos enfriamos», «Ay, como no venga»... Hasta que Sande vino, lo recibieron al grito de «¡Que cante, que cante!» y, aunque el concejal recogió el guante y sugirió alguna de los Diplomáticos, seguidamente invocó a la alegría y a los que la hacen posible y la mañana continuó Torre abajo, clareando, hacia la calle San José.

Os Maracos mexicanos sacaron sus hojas de grelo, la flor del carnaval, aderezo predilecto del gran César desde el primer día del entroido hasta el último, mientras un miembro de Monte Alto a 100 descubría, sin redoble ni falta que hizo, la placa que inmortalizó al choqueiro 2017: José Vidal Pardo, Papi, policía, aficionado al baloncesto, en el choqueirismo desde hace treinta años, ayer con atributos (que no disfraz) de cachola de cerdo, pota de lacón y de grelos.

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Los choqueiros se reivindican en la Torre