Wenceslao Beceiro: «A mí lo que me da la vida es la música, no hay otro secreto»

A sus 93 años ostenta con justicia el título de decano de las guitarras coruñesas


a coruña / la voz

Excepto treinta años de trabajo que pasó en Londres, la vida de Wenceslao Beceiro Segade, Wences, ha discurrido íntegramente por zona choqueira. Nació en la Calle San Juan, «pegadito a la iglesia que tiraron. Pero cuando empezó la Guerra Civil vine a Ángel Rebollo. Y al regresar de Inglaterra, tras una temporada en Oleiros, nos vinimos a vivir a la calle Arenal», explica este ex alumno de los Salesianos, al que sus amigos llaman el decano de las guitarras coruñesas. Con 93 años abre las puertas de su casa en el corazón del barrio ataviado con el uniforme de la comparsa Monte Alto a 100: «Es que en un rato me tengo que ir a tocar a una residencia, para animar un poco a los abuelitos. Aunque la mayoría son más jóvenes que yo», explica.

-He venido con la firme intención de sacarle el secreto para estar así con 93 años.

-El secreto es que tengo un buen médico cerca que me da una cosa y, si no me va bien, me da otra [ríe]. ¡Qué va! La verdad es que nunca me cuidé especialmente, pero tampoco fui muy bebedor, dejé el tabaco al cumplir los cincuenta... A mí lo que me da la vida es la música. No hay más secreto. Sigo tocando, tengo cinco guitarras, sigo componiendo y eso me revive.

-¿De dónde le viene la pasión por la música?

-Desde crío. Me viene de familia, porque ya mi padre era músico. Pero para darme el aceite de ricino cuando tenía cuatro años la única manera era poniéndome la guitarra en las manos. Toqué con Canzobre, en la época de Canzobre y su Mariachi. Años después, con Canzobre ya fallecido, formamos El Mariachi de Canzobre. Actuábamos en todos los carnavales. Después estuve en el trío Azteca, Los Cumbancheros... Y ahora llevo unos ocho años con Montealto a 100. Con la guitarra me he recorrido España, parte de África, Europa... Y no fui a Osaka con la Orquesta Galicia porque estaba mi mujer para dar a luz y eran seis meses de viaje, demasiado tiempo. Quería ver a mi hija.

-¿Cuántos hijos tuvo?

-Solo una niña. Fue por culpa de la emigración, que la cosa se complicó. La llevé a Inglaterra con seis añitos, así que creció allá. Tengo dos nietos ingleses, de hecho.

-Cuénteme sobre sus años en Inglaterra.

-Nos fuimos en 1960 a trabajar a un colegio. Tuvimos que trampear un poco los papeles, diciendo que no teníamos hijos, porque en el colegio no te dejaban llevar a los niños. Pero aquello no me gustaba, yo quería estar con mi hija, que se había quedado aquí con mi madre. Así que empecé a trabajar en un restaurante pequeño en Brighton, mientras mi mujer trabajaba en la casa de los dueños. Cogí un piso y me llevé a mi hija, por fin.

-¿Seguía tocando la guitarra?

-Tocaba a veces con una pequeña orquesta que había allí, y un día un matrimonio me ofreció ir a trabajar a Londres, a The Guinea Grill, que es uno de los mejores y más antiguos establecimientos de carne de toda Inglaterra. Por allí pasaron artistas de todo tipo, productores de cine, músicos... Ray Harryhausen era cliente. Le llevé a ver al ballet Rey de Viana, que lo había llevado Fraga a Londres. Por allí pasó Sam Spiegel o Ginger Rogers, a la que le dije «Miss Rogers, you are much more beautiful than in the pictures». Es que era cierto, tenía unas pestañazas... Actuaba en un teatro cercano a mi casa, por Oxford Circus. Me dijo que me dejaría dos entradas en la puerta para ver su espectáculo. Pero claro, al final fueron mi mujer y mi hija, que yo tenía que trabajar.

-¿Siempre fue carnavalero?

-El carnaval hay que vivirlo, es algo que se lleva dentro. Y yo lo llevo. No se puede explicar con palabras, simplemente lo sientes. Cuando salía con Canzobre nos encontrábamos a las dos de la mañana con Alfonso Molina, que nos llevaba a comer algo al Casino, y nosotros aprovechábamos, porque en aquella época estaba todo racionado y no siempre podías comer jamón. El alcalde le decía a Canzobre, «venga, métete conmigo». Y se metía...

-Hasta cierto punto, supongo.

-Teníamos que pasar previamente por la censura. Pero teníamos dos letras. En cuanto se marchaba la autoridad, caían las que no se presentaban a la censura.

«Toqué algo de flamenco gallego para los Beatles en Londres una noche de fin de año»

Por el restaurante en el que trabajó Wences en Londres pasaron buena parte de los músicos que marcaron los años sesenta.

-¿Cómo fue su encuentro con los Beatles?

-Llegué a tocar para ellos. Entraron una noche de fin de año en el restaurante, menos Lennon, que no estaba. Los fines de año venían muchos griegos, que dejaban unas propinas fantásticas. Así que para animar la fiesta, me llevaba la guitarra. Les encantaba que tocara algo. Y el día que vinieron los Beatles les toque algo de flamenco. Bueno, de flamenco gallego, porque lo mío son los boleros. Y estuve también con los Rolling Stones, pero fue algo raro.

-¿Por qué?

-Vinieron a cenar, estaba Mick Jagger, hablé con él, les cogí la comanda y todo eso. Y de repente, antes de salir la comida, viene el mánager y me dice que ya me mandará un cheque, pero que se tienen que ir corriendo, porque acababa de morir el otro guitarrista (se refiere a Brian Jones), ahogado en una piscina.

-¡Vaya, un día histórico! También llegó a presidir el Centro Gallego en Londres.

-Fui uno de los fundadores. En Inglaterra me llamaban Nick. Es que lo de Wenceslao les era complicado. Así que cuando le dije a mi jefe que de segundo nombre me llamaba Nicolás, me quedó Nick para el resto del tiempo.

-¿Por qué volvieron a Galicia?

-Regresamos en 1989. Tenía 64 años y ya habían arreglado la cosa esa de cobrar aquí la pensión de allá. Así que volvimos para casa. Primero en un chalé en Oleiros y después de nuevo en Monte Alto, que estaba todo en obras.

-Había que volver a Monte Alto.

-¡Hombre, es que Monte Alto es otra cosa! Aquí hay mucho artista y muy buenos músicos.

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