El cocido del fin del mundo

Cocido
Cocido

Esto de quedar para comer un cocido se está poniendo imposible. Lo que tendría que ser una cita sencilla, casi rutinaria, para sentarse en cualquier sitio ante una mesa bien provista de cachola, orella, patatas, chorizo, lacón y grelos, se ha convertido en un reto solo asumible por los grandes viajeros británicos del siglo XIX.

Cocido
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Porque, claro, tomar el cocido en el casco urbano, en lo que se dice la mismísima ciudad, no tiene gracia. Hay que buscar un local enxebre, pero enxebre hasta las últimas consecuencias de la palabra enxebre, y eso ya elimina A Coruña y los municipios del primer cinturón metropolitano. Nada de quedarse en Culleredo, Oleiros, Cambre o Arteixo, hay que ir más allá, en busca de esa casa de comidas que solo unos pocos conocen y aún menos están dispuestos a compartir su ubicación exacta.

Una vez elegido un concello bien alejado de la ciudad, a ser posible en el Borde Exterior de la galaxia de Star Wars, el incauto excursionista gastronómico piensa que hoy en día se llega a cualquier sitio sin mayores problemas. Para eso está Google Maps y, sobre todo, esa sentencia que cada vez que oigo me hace temblar:

-No tiene pérdida.

Cuando alguien te dice que un sitio no tiene pérdida, es mejor que tengas los papeles en orden y el testamento en el notario, porque esta frase aparentemente inocente suele significar que a ese lugar en concreto no llega ni siquiera la paloma mensajera mejor entrenada. La última vez que a un camionero le dijeron que aquel paraje no tenía pérdida, acabó aparcando su tráiler en la última corredoira del fin del mundo.

Por eso, si uno quiere asegurarse de que acabará encontrando Casa Tomasa, que casualmente está en un paisaje idílico donde no hay cobertura y Google Maps es más inútil que ser vegano, lo mejor es viajar a la antigua usanza, equipado con mapas del Ejército de Tierra, una cantimplora, una linterna, víveres para un par de días, saco de dormir con protección térmica y tienda de campaña. También es aconsejable acompañarse de zapadores de Infantería o, en su caso, de rastreadores apaches, esos que llegaban siempre al final de camino posando la oreja sobre la tierra para escuchar a sus perseguidores. Tampoco están de más unos sherpas del Himalaya, más que nada por si la cosa se complica y hay que trepar esa pequeña cuesta pintoresca que luego resulta ser una pared vertical para alpinistas con pedigrí. Y, ya puestos, los porteadores resultan especialmente útiles para cargar con las tablets y demás artilugios tecnológicos de los cativos, que si no llevan tres pantallas por cabeza no comen, porque se aburren.

Y si uno sobrevive a todo esto y llega a sentarse ante una porción generosa de morro, escuchará cómo lo recibe el flemático dueño de Casa Tomasa:

-El doctor Livingstone, supongo.

Por Luis Pousa Coruñesas

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