Cuando a la ciudad le saltan los plomos


A veces, de tanto leer informes sobre el cambio climático, llegamos a creernos lo de que vivimos en Galifornia. Olvidamos quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, adónde vamos. Adonde vamos, entre octubre y junio, es a zambullirnos bajo los aguaceros, tormentas, diluvios, trenes de borrascas y ciclogénesis explosivas de nuevo cuño.

El último temporal nos ha recordado, con un sopapo de libro en toda la jeta, que esto es A Coruña, no Miami, y que no es sano dejarse abducir por el sueño de que el Parrote cae por Florida. Porque luego vienen cuatro rachas de viento afilado, un par de rayos con mala baba y unos litros de lluvia de más y nos ponemos a llorar por las esquinas como si no estuviésemos avisados de que en A Coruña, en invierno, llueve y sopla el vendaval. E incluso truena.

La madrugada del sábado al domingo a la ciudad le saltaron los plomos. Un relámpago fulminó la torre de Hércules y todos aguantamos la respiración -o entramos en parada cardiorrespiratoria, ya no sé- porque en A Coruña hay dos luces que nunca se apagan: la señal del faro y la antorcha de la refinería. Son las llamas perpetuas que custodian nuestro insomnio y, cuando se apagan, buscamos en el cajón de la cocina aquella antigua candela que tenía nuestra madre a mano para cuando se iba la luz y había que vivir durante unas horas desenchufados. Cuando la Torre se queda sin luz, encendemos la vela un poco para que nos haga compañía en nuestra vigilia y otro poco para rezar -aunque sea a los dioses laicos de la electricidad- para que vuelva cuanto antes la señal luminosa del faro. Esa madrugada, desde la medianoche hasta las tres y media largas, A Coruña contenía el aliento y buscaba, sin encontrarlo, el haz de luz que barre los tejados y el Atlántico. Porque esa luz es como la máquina que hace pi en la uci, que nadie sabe muy bien para qué vale, pero que mientras hace pi nos deja saber que estamos vivos. La Torre pasa con su luz sobre A Coruña y sabemos que las constantes vitales siguen ahí. Esas tres horas y media vivimos de prestado, hasta que los sabios técnicos de la Autoridad Portuaria resucitaron la linterna sacudida por un rayo y todos respiramos aliviados al mirar al cielo iluminado por el faro.

Después de comprobar que seguíamos vivos, porque la Torre continuaba latiendo, lo segundo que había que hacer era echar un vistazo a la cubierta de Riazor. Porque tras pasar el trago de quedarnos a oscuras, a solas con el Atlántico y sus tinieblas, lo que faltaba era que el viento se hubiese llevado por los aires la gotera histórica de Preferencia, esa gotera bajo la que uno aprendió a andar en bicicleta esnafrándose sobre los charcos. Pero no. Cuando despertamos, la gotera, nuestra gotera, seguía allí. Pingando sobre la acera de la avenida de La Habana como desde hace treinta y cinco años.

Por Luis Pousa Coruñesas

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