El frío en A Coruña, orgullo de barrio


Orgullo de barrio, relativismo y tozudez modelan la esporádica pero estrecha relación de los coruñeses con el frío. El martes, poco antes de la llegada de esta ola siberiana, Xosé Luís, de Monte Alto, y Paco, de la Gaiteira de toda la vida, amenizaban su desayuno en los Cantones con una encendida discusión sobre el lugar más gélido de la ciudad. Xosé Luís defendía que cuando se levanta el viento del Norte nada es tan parecido a Siberia como las calles que desembocan en la Torre. Y Paco, tostada en mano, le replicaba con insistencia: «No conoces el mirador de los Castros, no lo conoces».

Este orgullo es típicamente nuestro. Es como cuando Paco Vázquez iba a Cuatro Caminos y decía aquello de «Monte Alto tuvo a Luis Suárez, pero vosotros tuvisteis a Pellicer», y todos contentos. Da igual: aunque el argumento implique que nuestra calle es el congelador de la ciudad, incluso la de mayor tasa de hospitalización por gripe, lo importante es defender el terruño, y si hay que presumir de alma rusa, pues se presume, y punto. El camarero, u otro cliente, suele zanjar estas discusiones de café con una nota discordante: «Pues como el biruje de Rubine...».

Pero claro, todo es relativo. El miércoles, ya con el mercurio por el suelo, me metí en un taxi tiritando. «¡Qué bárbaro, qué frío hace!», comenté al sentarme. Y esta fue la respuesta del taxista: «Sí, hombre, hace frío. Pero aquí no nos podemos quejar mucho, ¿eh? Mira cómo están en Siria y todo por ahí con tanta guerra… ¡Aj!, por allí sí que andan mal, ¿verdad?».

Después de un minuto de silencio para intentar reestructurar mis ideas y responder algo coherente, me di cuenta de que era imposible. No se puede refutar un argumento como ese porque nuestro relativismo es irrebatible. Ahí tienen a Einstein, que lleva un siglo viviendo de su teoría, y que si no era coruñés debió de nacer en la frontera. Y no sé cómo me vino a la cabeza aquel taxista madrileño que llevaba gatos en el asiento del copiloto y que con mucho misterio te largaba la historia de que estos felinos están locos porque albergan el cerebro de un tigre en un cráneo pequeño. Iba con las ventanillas abiertas, y entre el aire de la noche y cierta sensación de terror… ¡Buf!, aquello sí que era frío.

¿Sabían que la sensación térmica en A Coruña puede variar diez grados en 500 metros? Esto no es relativo. Lo dice la Agencia Estatal de Meteorología. En la Ciudad Vieja, los Cantones, la Dársena o San Andrés es más alta la percepción de la temperatura por la combinación de viento y humedad. A diez grados de distancia, el Orzán, los Rosales, la Zapateira o Mesoiro son la tundra coruñesa. «Y los Castros», me replica Paco. «Y la Torre», insiste con tozudez Xosé Luís. Porque los datos «pueden decir misa», pero el barrio… es el barrio.

Por Alfonso Andrade coruñesas

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