Cuando la casa se nos cae encima


Para entender a los coruñeses hay que leer los cómics de Astérix. No, no es que A Coruña sea una aldea de irreductibles galos que ha resistido siempre al invasor romano. De hecho, no debimos de resistirnos mucho (más bien nada), porque hasta aquí se vinieron los romanos a ponernos un faro que nos alumbrase por la noche. Mucho antes de que hubiese farolas por la calle, nosotros ya teníamos alumbrado público y le pasábamos la factura al Imperio. No. Aquí nada de resistir al invasor romano, que además, como bien contaron los Monty Python en La vida de Brian, trajeron a la ciudad todas las cosas importantes que había entonces: el vino, el derecho, el orden público, las calzadas, las cloacas, o sea, la civilización. Cuando vienen unos tíos civilizados a invadirte, es mucho mejor dejarse hacer, porque todo van a ser ventajas. Así que nadie ha dicho que A Coruña sea una aldea gala, ni mucho menos, sino que hay que leer los tebeos de Astérix para hallar otra de las claves del ser coruñés.

Cuando Uderzo y Goscinny nos presentan a su casting de personajes -costumbre que mantuvieron siempre, en cada cómic- dedican un pequeño perfil al indomable Abraracúrcix, el jefe de la tribu:

-Majestuoso y valiente, aunque algo supersticioso. Es respetado por sus hombres y temido por sus enemigos. No le teme más que a una cosa: que el cielo le caiga sobre la cabeza.

El coruñés, por supuesto, no tiene miedo a que el cielo le caiga sobre la cabeza. Y eso que hay días inquietantes del invierno en que el cielo amenaza con desplomarse sobre nuestras melenas. Pero a eso ya estamos acostumbrados. No pasa nada. Uno se sacude los pedazos de cielo, de nubes, de relámpagos, hasta se quita de los hombros con un cepillo la espuma de mar que viene con la lluvia en esos días en los que todo se descoyunta, y sigue a lo suyo.

No. Los coruñeses tenemos un miedo exactamente inverso al de Abraracúrcix: lo que nos da auténtico pánico es que se nos caiga la casa encima. Tú ves a un coruñés que lleva más de media hora en casa, sentado en el sofá, y lo primero que te dice, sin preguntarle nada, es que necesita salir cuanto antes del hogar, dulce hogar:

-Es que se me cae la casa encima.

El coruñés es callejero de nación y de vocación. Es callejero hasta el extremo de que en casa siente una claustrofobia insuperable. Por eso aquí se vive en la acera, en la terraza, en la plaza, en el paseo, en el bar, en el jardín. Hasta en el portal. Cualquier cosa antes que quedarse en casa y arriesgarse a que las paredes se desplomen sobre nuestros cogotes. Somos callejeros por este terror atávico que debe de venir de Gerión, al que un día le cayó encima de la cabeza no una simple casa, sino toda una torre de Hércules.

Por Luís Pousa Coruñesas

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