La yincana de los Reyes Magos


No es que las callejuelas de Belén sean precisamente como la avenida de Alfonso Molina, ni se trata de poner en solfa el poder omnímodo de sus majestades de Oriente, pero me pregunto hasta qué punto no es un pelín cruel someter a los Reyes, por muy magos que sean, a una yincana por Monte Alto durante su tradicional visita a nuestra ciudad.

La cuestión es si el argumento de que todos los barrios coruñeses tienen derecho a disfrutar del desfile -que parece razonable- justifica la dieta rigurosa a la que van a tener que someterse camellos y figurantes para embocar por algunos embudos de las calles de la Torre y del Orzán. Compensar por barrios está bien, pero lo que aquí se plantea es más bien una cuestión de capacidad viaria, porque a ver cómo hacemos cuando le toque el turno a la Ciudad Vieja, o si a los vecinos de la Pescadería les da por meter la cabalgata por Canuto Berea, que los residentes de la Galera también son de Dios.

Ojalá sea un éxito y Monte Alto, el Orzán y San Andrés disfruten a lo grande del desfile, pero no estaría de más ir tomando medidas, pues aún recuerdo la que se armó hace unos años en Puerta Real cuando la carroza de uno de los Reyes no pudo entrar en María Pita porque era demasiado ancha y a nadie se le ocurrió calcularlo antes. Tras media hora de frustrados intentos hubo que desatascarla marcha atrás mientras la multitud jaleaba al monarca para que bajara a empujar.

En fin, muchos padres se preguntan este año dónde van a situar a sus hijos en calles tan angostas. La ubicación en los pisos altos de los edificios es una opción: permitiría a los pajes entregar los caramelos de una forma más civilizada, en vez de arrojarlos con violencia a la acera. Melchor, Gaspar y Baltasar deberían saludar hacia arriba, no solo a los lados, y habría que suspender la ventilación de las viviendas con ventanas que abran hacia afuera.

Preocupa también el asunto del tráfico, la afluencia al centro. Hasta el año pasado, muchos de los que decidían llevar a sus hijos a la estación de trenes, Ramón y Cajal, la Palloza o Linares Rivas ya no iban a María Pita. Con el nuevo recorrido, todos los asistentes tendrán que entrar irremediablemente en el istmo, con buena parte de la ciudad cortada al tráfico. Y esto resulta al menos inquietante.

Bueno, alguien volverá a recordar la opción de los aparcamientos del extrarradio, como el de Lonzas. Pero, claro, alejados del centro y mal comunicados, han sido bautizados como disuasorios, precisamente porque disuaden a los automovilistas de aparcar allí. A ver qué pasa el día 5. Mientras, ya hay voces en Internet que reclaman para la calle de la Torre el desfile de las Fuerzas Armadas del año entrante. Siempre se le puede pedir a los Reyes.

Por alfonso andrade coruñesas

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