Una nave espacial en General Alesón

Es un cohete amarillo de acero y cristal


La ciudad está cansada. Se ha hecho mayor. Hay que ponerle un andador, un tacataca, porque tiene miedo a caer y dejarse las rodillas en la acera. Como la ciudad va viejita y respira con dificultad, a los concejales les ha dado por llenarla de escaleras mecánicas y ascensores, para hacer más llevadera su vejez.

En San Agustín, sin ir más lejos, hay unas escaleras mecánicas que no son las de Montjuic, pero que ayudan mucho a subir la compra cuando sales del Gadis o del mercado, que es un mercado de los buenos, donde se venden bertorellas y parrochas, y no uno de esos mercados que meten presión y ponen la prima de riesgo por las nubes. Lo único que suben en San Agustín son los clientes, que van y vienen por las escaleras en busca de grelos o una bolla del país.

Ahora, en esta apuesta municipal por hacer de A Coruña una ciudad automática, mecanizada y robótica, nos han puesto un ascensor psicodélico para subir desde Capitán Troncoso a General Alesón, que así queda todo entre militares de alto rango. Cuando estaban construyendo el ascensor, que llevó su rato porque había que excavar en la roca y hacer mucho furado, los niños se acercaban a preguntar a los obreros si iba a ser como el elevador mágico que sale en Charlie y la fábrica de chocolate. Pero el ascensor no es tan fardón como el que ideó Roald Dahl, que se movía en todas las direcciones posibles, sino uno de esos ascensores que suben y bajan, sin más, aunque alivia mucho el resuello a los pasajeros de las cuestas que trepan a la Ciudad Vieja.

El ascensor da mucho juego. Uno se puede ir allí con Para leer mientras sube el ascensor, de Enrique Jardiel Poncela, y mientras aguarda, se abren las puertas, entra, se cierran y asciende a General Alesón, ya va pasando unas páginas y se le hace el viaje vertical mucho más liviano. Leer en el ascensor es una de esas sanas costumbres que un día se perdieron sin saber por qué.

El ascensor, se supone que un homenaje al submarino de los Beatles, es un cohete amarillo de acero y cristal. Si uno lo mira desde Troncoso, justo cuando le pega el sol en los vidrios, parece que es un platillo volante que ha aterrizado en General Alesón tras la invasión extraterrestre del acuartelamiento de Atocha. Parece que se va a abrir la puerta y va a salir E. T. o al menos una de esas vainas de La invasión de los ultracuerpos. Pero no, cuando el ascensor llega, se abre la puerta y aparece la señora Carmiña con las bolsas del súper. Es más prosaico, pero mucho más civilizado, porque los alienígenas en seguida se desmandan y lo vuelan todo. Pero si al subir en el ascensor miras hacia el techo de cristal, por un momento crees que el marciano eres tú y que vas a salir lanzado al espacio exterior. O igual resulta que ya somos todos marcianos y A Coruña es una gran nave espacial que ha venido a posarse sobre General Alesón.

Por Luís Pousa Coruñesas

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