Las puertas giratorias


Hablar se habla mucho de las puertas giratorias. Más que nada por esa manía que tienen los políticos de entrar y salir del ministerio para volver a la justicia, a la empresa, al consejo de administración. Pero lo cierto es que la puerta giratoria ya es una especie en peligro de extinción. Porque casi no quedan y las que quedan son una rareza zoológica a la que vienen turistas de otras latitudes a hacerles fotos, en plan safari nostálgico y urbano.

La entrada con puerta giratoria de Marineda City
La entrada con puerta giratoria de Marineda City

Cuando eres niño, te dan una puerta giratoria y es como si te regalasen una entrada anual para el parque de atracciones, porque te pones a dar vueltas y más vueltas, viendo cómo pasan a tu lado señoras muy airadas y señores muy ajetreados -y muy trajeados-, y tú lo único que quieres es ver dónde te escupe la puerta volandera, que tiene algo de ruleta lanzadora de seres humanos al casino de la vida.

De pequeño te da igual entrar que salir, así que después de veinte vueltas completas, y algo mareado por el meneo, a veces caes dentro del edificio y otras fuera, pero es lo mismo, porque lo gracioso es girar y girar hasta caerse de culo con el mareo y sentir el aire que te despeja el colocón después de tanto centrifugado humano.

En A Coruña sobreviven dos de estos tiovivos para adultos. Uno es la clásica puerta de madera noble y dorados relucientes que hay en la escalera de la central de Correos de la Marina. Hay otras dos puertas normales, convencionales, sin misterio, pero al visitante que todavía le gusta ir a Correos a lamer sus sellos y meter la carta en las fauces del buzón leonado lo que le pone es meterse de cabeza en la puerta giratoria y ver de qué lado de Correos cae, si en la cola de envíos, en la cola de recogidas o si sale disparado hacia el Teatro Colón.

La otra puerta giratoria histórica es la de Abanca en la Rúa Nueva. Tiene mérito, porque en esa puerta giratoria ya jugábamos de chavales, cuando Abanca se llamaba Caja de Ahorros y Monte de Piedad de La Coruña y Lugo. Así que la puerta no solo ha sobrevivido a todas las reformas del edificio y hasta al triple salto mortal de la peseta al euro, sino que ha salido indemne de varias crisis y fusiones bancarias.

Cuando cruzo una de estas puertas giratorias, siempre miro a ver si tropiezo con algún exministro, más que nada para no pisarlo. Pero no hay manera, deben andar girando en otras puertas más altas, doradas y solemnes. Además, los maestros del carrusel político y empresarial atraviesan los cristales sin tocarlos, como los espectros o los vampiros. Los peatones no sé cómo hacemos, pero siempre que entramos en una puerta giratoria, aunque solo sea la de Correos, acabamos siendo despedidos al mundo exterior, al lado chungo de la vida. Como cuando en la oca caes en la calavera y te mandan directo a la casilla de salida. Igual resulta que todavía hay clases.

Por LUÍS POUSA Coruñesas

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