Pavo real versus Dinoseto


La rivalidad histórica entre A Coruña y Vigo, entre el Norte y el Sur, ha sido más bien una reyerta futbolera. Hubo por medio algún pique en materia musical, cuando Siniestro Total, Aerolíneas Federales y Os Resentidos solo encontraban aquí cierta resistencia con Viuda Gómez e Hijos y Radio Océano. Luego, pasó el tiempo y ahora hemos llegado a las tablas -empate técnico, que dicen los cursis- entre Xoel López e Iván Ferreiro.

A CORUÑA. La conocida como rotnda del pavo real soporta intenso tráfico a horas punta.
A CORUÑA. La conocida como rotnda del pavo real soporta intenso tráfico a horas punta.

Pero como esto es un no parar, ahora la rivalidad entre la bahía de Riazor y la ría de Vigo ha salido de la cancha para llegar a las rotondas. La rotonda es un círculo vicioso que inventaron los ayuntamientos para poder poner multas y montar unos atascos gloriosos. Dicen que hay alguna glorieta en la que hay un tipo dando vueltas y vueltas, en plan Tom Hanks náufrago, con la barba creciéndole hasta las pantorrillas, porque un día entró en la rotonda y ya se tuvo que quedar a vivir en ella, girando y girando sin encontrar el carril de salida.

Para que la rotonda no parezca lo que es, una máquina de liar el tráfico, a los alcaldes les da siempre por adornarlas con flores, parterres o monumentos.

En Vigo ahora sacan pecho porque tienen al Dinoseto en una rotonda. El Dinoseto, claro, es un seto con forma de dinosaurio. Como si Godzilla hubiese pasado de visita por Vigo y se hubiese quedado hecho una lechuga sobre una glorieta. Claro que eso no se le ocurre ni a un guionista curtido de pelis de acción yanquis. Solo se le puede ocurrir a un alcalde.

Pero nosotros en esto de tener alcaldes y rotondas originales fuimos pioneros. Y no me refiero a que en Oleiros, el municipio más rico de Galicia, haya una glorieta con la efigie del Che. Qué va. Todos sabíamos que antes o después el Che se acabaría apareciendo en Oleiros. E incluso sospechábamos que lo haría en una rotonda. En A Coruña fuimos pioneros porque antes que nadie pusimos un pavo real vegetal en la glorieta de la ronda de Outeiro con Manuel Murguía. Y no fue fácil. Recuerdo que, al principio, al pavo no le crecían las plantas trepadoras en la cabeza. Mucha cola, mucho seto, muchas flores, pero el bicho padecía una alopecia terminal. El pavo fue calvo durante meses. Los niños del barrio hacían chistes sobre la tonsura laica de aquel pollo mondo y lirondo y le apodaban Cachapelada. Mucho sufrimos los vecinos viendo a los jardineros mimando la coronilla del pavo con fertilizantes. Al final, no sé, hubo que hacerle un implante o un trasplante, cómo se diga, y brotó la cabellera.

En Peruleiro, cuando nos hablan de Dinoseto e incluso de Dinosetiño, aún nos acordamos de estas cosas y subimos a la glorieta para pasarle la mano por el lomo al pavo real. Porque es nuestra mascota. La mascota monárquica de un barrio republicano, obrero y deportivista hasta el alma.

Por Luís Pousa coruñesas

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