Una academia idea un método pionero de estudio de alemán por videoconferencia

La escuela, fundada por un berlinés y una colombiana, enseña a alumnos conectados desde aldeas de Galicia, Croacia y América


A CORUÑA / LA VOZA Coruña / la voz

«Mathias, no sabes la diferencia entre el ser y el estar y ya estás con el subjuntivo». Así no se aprende, dice Mathias Wiewiorra en un correcto español en una de las ocho aulas de la escuela de alemán que dirige junto con Adriana Velasco en el centro de A Coruña. Cuando hace nueve años llegó a la ciudad y tropezó con el intríngulis del español, este berlinés licenciado en Derecho y extrabajador del área de recursos humanos de la policía de Berlín comenzó a desarrollar un método propio que identificaba los errores recurrentes en el aprendizaje de idiomas y buscaba atajos para esquivarlos. Lo de llevar las clases de alemán a aldeas de Galicia, Croacia o Colombia a través de videoconferencia llegó mucho más tarde.

En principio, conocer las conjugaciones de 50 verbos irregulares, pero no saber preguntar una dirección, o estudiar 30 tablas de declinaciones con el dativo, acusativo, genitivo... cuando «la tabla no habla», advierte el profesor, son lugares comunes de la formación clásica, pero no necesariamente de un modelo práctico que pretende enseñar alemán en tiempo récord, que los alumnos obtengan el certificado cuanto antes, sin aburrirse y conforme a los objetivos del marco común europeo de referencias para las lenguas. Gramática sí, pero en pequeñas dosis. Todo a su tiempo, vienen a decir.

«Los alemanes son vagos»

«El alemán no es difícil, es diferente -apunta Adriana Velasco, arquitecta, colombiana de Medellín y la parte creativa de la sociedad-. Los alemanes son lógicos, metódicos y vagos, y eso lo reflejan en el idioma. Las estructuras se repiten. Por eso a los alumnos les entregamos los patrones, la esencia, las herramientas que necesitan en el momento en que las necesitan, y les decimos ‘confiad, se repite. Aquí, aquí y aquí’. Asociando. Así aceleramos el proceso. Y es suficiente y el alumno no lo pasa mal. Al contrario, se motiva porque siente que es capaz».

Los resultados les dan la razón. La escuela ha sido elegida para participar en el programa de captación y movilización profesional promovido por el Gobierno de Angela Merkel en países europeos, y es centro examinador certificado de Telc, el organismo que, junto con el instituto Goethe, valida oficialmente el conocimiento de alemán. En cursos intensivos de 1,5 horas al día durante tres meses y medio preparan a alumnos que parten de cero para la prueba del B1. El porcentaje de aprobados supera el 70 %. Muchos de ellos, ya a través de videoconferencia.

«Esta modalidad surgió porque nos interesa la tecnología y siempre estamos preguntándonos cómo serán las clases del futuro», explica Adriana. Pero el mercado también importa, y fuera por esa inquietud por la innovación, por la demanda de cursos de alemán que tanto creció en lo peor de la crisis, o por ambas cosas, la pareja decidió indagar el aprendizaje en Internet, consolidado en Alemania o Estados Unidos, mediante un robusto plantel de profesores nativos, que van rotando para evitar que los alumnos fijen acentos, nuevas aulas con todo el utillaje tecnológico (pantallas, cámaras, micrófonos...) y recursos didácticos en línea. Un año después, han triplicado su presencia en los programas de movilidad europeos y tienen alumnos en varios países.

«La única diferencia es la silla que ocupas, en la escuela o en el sofá de tu casa. Estás dentro de la clase en tiempo real. No es una plataforma con ejercicios, aquí eres uno más», describe Mathias. La pantalla gigante del aula se divide para mostrar simultáneamente la actividad del grupo presencial, a los alumnos conectados y los contenidos (libro digital, diccionario, vídeos), y el zoom de la cámara aproxima la pizarra al alumno en casa o su propio rostro al profesor para que observe la pronunciación. «Aquí no se deja nada para casa. Si hay una duda se resuelve al momento. Las clases son dinámicas. Dicen que se pasan volando. Eso está bien -concluye Wiewiorra-. Recuerdo cuando estudiaba y los últimos cinco minutos eran los más largos de mi vida. Siempre pensaba que si algún día llegaba a ser profesor, jamás permitiría que la gente sufriera como yo lo estaba haciendo. Creo que lo he conseguido».

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