Noches mágicas con arena en los zapatos


Estaban hace un par de semanas en Riazor, un domingo a las ocho y media de la mañana. Sentados sobre una de las dunas de protección instaladas para los temporales. Un chico y una chica. Bendecidos por un octubre inusualmente cálido, miraban al horizonte. Protagonizaban su película. Esa en la que los demás éramos meros extras. Los corredores fluorescentes del paseo, la señora que paseaba su perro en chándal y el grupo de turistas del Hotel Riazor, que aguardaban la llegaba de su autobús para ir a Santiago. Todos pintaban el fondo de la pareja que saludaba el día sin haber dormido.

Una pareja en Riazor al amanecer
Una pareja en Riazor al amanecer

Daban envidia. Daban ganas de recuperar esa juventud efímera que se escurrió entre los dedos. Quizá no se habían conocido esa noche. Quizá no fueran amantes. Quizá no habían estado en el Playa Club horas antes bailando a David Bowie y Two Door Cinema Club. Pero ¿por qué no pensar que sí, que realmente había sido así? Que habían chocado. Que se habían gustado. Que se habían movido al unísono. Que habían visto amanecer desde la pista. Que, sin pensarlo, habían decidido bajar a la playa para estirar un poco más esa sensación deliciosa. Ligereza. Bienestar. ¡Qué más da todo! Un gran día. Se darían cuenta cuando, al caminar, notasen una incomodidad muy especial en cada pisada.

¡Bendita molestia! En A Coruña las grandes jornadas suelen terminar con arena en los zapatos. A quien no se le hayan colado esas pequeñas partículas de roca entre los calcetines y las plantillas del calzado le falta algo por vivir. Desde luego. Caminar por el arenal, en la oscuridad o viendo abrirse el día en ella, sin haberlo previsto. Todo porque surgió un clic que empujó a ello. Así, sin más. Son días en los que se siente que nada importa más que saborear el momento. Y lo que se vive resulta tan especial que se hace obligatorio disfrutarlo en toda su intensidad. Sin reserva alguna.

Hay jornadas oficiales, como San Juan o el Noroeste Pop Rock. Cualquiera diría que se llevan realizando allí toda la vida. Pero lo cierto es que el trasvase de las cacharelas de los barrios a la playa creció en los noventa. La música saltó al arenal un poco antes, tras un par de ediciones constreñidas en el Palacio de los Deportes. Muchos pisaron ahí por primera vez la playa en un contexto totalmente diferente al de ir a la playa. Experimentaron la contagiosa sensación de una multitud entregada a la fiesta en un espacio excepcional.

Pero, como todo, lo mejor llega tirándose al impulso no reglado, único, personal e intransferible. La película propia. Como esa pareja, cuya silueta se dibujaba sobre la arena. «Esto es un lujo», decía uno de los turistas del hotel. Veía arena y mar en el centro de la ciudad. Lo es, lo es. Nosotros y esos chicos sabemos que Riazor es mucho más que eso. Mucho más. Mmmm...

Por Javier Becerra coruñesas

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