El milagro de la piedra florecida


Cuentan que cuando Gabriel García Márquez visitó Santiago flipó largo y tendido con «el milagro de la piedra florecida». Nunca había visto crecer flores en la fachada de una catedral y allí estaba, plantado frente a la orfebrería barroca del Obradoiro, viendo cómo la hierba y los pétalos, o sea, la vida, se abrían paso entre las hendiduras de la piedra sagrada.

En A Coruña, aunque nos riegan un poco menos que en Compostela, también florece la piedra, el asfalto y hasta el hormigón armado. Basta con que la flora encuentre un mínima grieta en un muro y ya brotan los matorrales y los arbolillos. Si a uno le gusta la botánica, puede completar un herbario de lo más resultón recogiendo flores y plantas sin salirse de las aceras, que tienen verde en sus fisuras para llenar varios tomos con sus nombres científicos en latín escritos bajo las hojas secas. Hasta hay marquesinas del bus donde, de tanto llover, han nacido en el tejadillo los helechos arborescentes de los que hablaba Umbral.

En el atrio de la Colegiata ha crecido un tapiz de hierba espontánea y anarquista que ya le gustaría al césped mimado y futbolero de Riazor. Lo de que la hierba crezca a matojo libre en el atrio de la Colegiata es otra demostración de que la realidad imita al arte y no al revés (ya lo dijo Wilde). Porque primero, debe de hacer como cien años, los niños empezaron a jugar al balón en el atrio de la Colegiata, ejercitando el regate al central estático alrededor del cruceiro (lo cierto es que el cruceiro de la Colegiata tiene más cintura que algunos defensas de Primera) y usando como porterías la puerta de Santa María y el portalón de la casa Cornide, salvando en medio la resistencia mediocampista que ofrecen las escaleras y los paseantes que cruzan hacia lo de Virtudes. O sea, que primero los niños convirtieron las venerables piedras del atrio en cancha libertaria y callejera (salvo cuando hay boda, porque los fotógrafos se mosquean si le pegas un balonazo a los invitados, más que nada porque se despeinan y luego hay que repetir el posado con la suegra) y solo luego vino la naturaleza a tejer entre las losas una alfombra de hierba para que los chavales hagan su tiquitaca. A los padres de los pequeños futbolistas les gusta mucho más que jueguen en el atrio de la Colegiata que en los campos de la Torre, porque se ve que la Ciudad Vieja está más protegida de los vientos y la lluvia, y sobre todo porque los pueden vigilar desde la terraza de Virtudes, y en la Torre no hay terraza ni nada, solo forofos desatados con ganas de arrancarle la cabeza al árbitro o a su propio entrenador (va por ratos).

Ahora que nos hemos acostumbrado a trazar el pase horizontal sobre el césped, solo confiamos en que a la autoridad competente no se le ocurra, en un alarde de eficacia insospechado, venir a la Colegiata a segar la hierba bajo nuestros pies.

Por Luís Pousa Coruñesas

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