Falta verde y sobra tierra en la mejor plaza de la ciudad

Los vecinos presumen del espacio central de la Ciudad Vieja creado por Pedro Mariño, pero piden mayor mantenimiento


a CORUÑA / LA VOZ

En el campeonato por la mejor plaza de la ciudad los defensores de Azcárraga se arrogan el mérito de enmudecer al resto. Solo con los de las Bárbaras se encuentran entre iguales. La plaza trazada a finales del siglo XIX por Pedro Mariño, arquitecto municipal y autor del edificio del ayuntamiento en María Pita, fue ganando encanto conforme el arbolado crecía y hoy «la bóveda catedralicia sobre la fuente del Deseo» -en descripción de un vecino-, formada por siete de los ocho plátanos originales, efectivamente invita a pasmar entre el sonido del agua y el rumor de las altas copas. Del jardín, en cambio, nadie presume. Más bien dicen «está todo lleno de excrementos de perro», «falta verde y sobra tierra», «han plantado árboles sin ton ni son y mal plantados», «para jardín el de San Carlos» o «Azcárraga es más plaza que jardín».

Coches al pie del magnolio

Una de las trabajadoras de A Casa da Fariña, un espacio multifuncional compartido en la esquina de la travesía de Zapatería, opone Azcárraga a esas otras plazas rodeadas de bares, abarrotadas, bulliciosas, con niños corriendo de un lado a otro. «Non son prazas, son bares. Praza é esta. Ten encanto, é tranquila, hai de todo, comercios, bares, vivendas. Eu só quitaría os coches».

Vecinos y trabajadores de la plaza agradecen el silencio, «cierta esencia de comunidad», «la sensación de estar en una aldea», pero no todos ni en cualquier circunstancia: en el Cantoncillo (que en tiempos completaba un trío popular con el Cantón Grande y el Pequeño), a pocos centímetros del soberbio magnolio de la esquina de la calle Damas, una joya botánica valorada en 109.000 euros, la tercera más importante de la ciudad según la norma Granada, dos coches aparcados y una furgoneta de reparto al ralentí entorpecen el paso. En la otra punta ocurre lo mismo. El conflicto entre la peatonalización y la accesibilidad sigue sin resolverse.

Al pie del magnolio se encuentra un cajero del que se retira dinero y, en ocasiones, otras sustancias de trapicheo. Como hace 30 años. «A principios de los ochenta una pandilla lo quiso quemar [al magnolio]. Puedo dar fe», anota un vecino aficionado a la botánica antes de detallar las otras «joyitas» del lugar, un Pittosporum undulatun, raro en Galicia, el único carballo de la ciudad histórica... Y no es el único con memoria, porque Manolo, hostelero, también recuerda de los 80 la plaza llena de jeringuillas y dos bolas coronando los dos extremos de la escalera. Como él, Ana Méndez, nacida en la calle Damas y dueña de un bar, observa Azcárraga decadente, descuidada y solitaria. «Me acerco a María Pita y me sorprende ver tanta gente. Aquí no hay nadie. Esto -lamenta- es una aldea».

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