Los últimos placeros de Santa Lucía resisten al abandono

Ocho vendedores sostienen una plaza desmoronada a la espera de una decisión política que se demora dos años


a coruña / la voz

Llegaron a ser 278 vendedores. Hoy son ocho. El mercado de Santa Lucía, según el vendedor al que se pregunte, fue «un negocio a cuenta del contrabando», «una máquina de hacer dinero» o «unha vítima da estratexia política». Hoy es un edificio desmoronado lleno de ausencias y objetos abandonados a la carrera y una patata caliente que se van pasando el Concello y la Xunta ante el enfado y la desesperanza general. También la indiferencia de algunos, porque en el limbo en que se encuentran los vendedores tras el fin de la concesión que resolvió la gestión de la plaza, no hay rentas ni alquileres que pagar, apenas una cuota para la limpieza. «Polo menos evitamos que o tiren», dice con sorna el pescadero Manolo Valiña, uno de los cinco que se manifestaron en el poblado navideño de María Pita en diciembre del 2014 para que la solución al conflicto no fuera acabar en la calle.

Han pasado quince meses desde el 26 de julio del 2015, una fecha decisiva para el mercado de la Falperra, pues aunque la orden de Carlos Negreira para que aquel domingo quedase definitivamente vacío no llegó a ejecutarse (entre medias se celebraron elecciones y Negreira perdió la alcaldía), fueron muchos los placeros que en vista del ultimátum desmantelaron sus negocios o buscaron bajos en las inmediaciones, y muy pocos los que pudieron dar marcha atrás y regresar cuando las tornas cambiaron.

El nuevo gobierno aplazó la decisión sobre el derribo, exigió a la empresa concesionaria que costeara unas obras de reparación de las que se llevó a cabo una mínima parte y mantiene una disputa con la Xunta que ni de lejos lleva traza de apaciguarse, más bien parece que cada día se enreda más. El alcalde anunció hace una semana el comienzo inminente del proceso de licitación del proyecto, que deberá incluir el centro de salud, pese a que Sanidade, aseguró Xulio Ferreiro, no detalló sus requisitos.

Los placeros han perdido la confianza. Atienden a sus clientes, fieles -«Si eres de mercado nunca lo dejas», afirma una mujer-, y esperan. José Miguel Rodríguez Guridi fue de los que compararon un bajo en la zona, pero pudo conservar su puesto de carnicería. El optimismo es otra cosa. «No van a hacer nada. Llevan año y medio mareando la perdiz. Si en un solar de 1.000 metros cuadrados con fachada a tres calles no encuentran sitio para una galería y un centro de salud es que no quieren, no cabe otra. Y esto está como está. Donde venden cien venden ciento uno, pero donde vende uno no vende ninguno».

En la calle de enfrente, Ramiro Abella está fuera y dentro a la vez. Durante meses encabezó la resistencia de los placeros a los planes de Negreira y, tras la amenaza de desalojo, tras 32 años en su sitio, se unió con su compañera Ana Rodríguez Lois para buscar un local, compartir gastos y abrir el Nuevo Mercado, frutería y charcutería, enfrente del ruinoso. Se endeudaron y ya no pudieron volver. «Se o chegásemos a saber, quedariámonos».

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