«Hoy bajamos al centro»


Hace más de sesenta años venir de Mera a Coruña a vivir suponía una distancia tremenda, casi como si hoy nos enviase el destino a Nueva York. Cruzar la ría era un abismo y alguna persona aún recuerda como en aquel viaje dramático de dejar Agra, su pequeña aldea, a los 12 años, se reconfortaba escuchando a Juanito Valderrama: «Yo soy un pobre emigrante...». Los kilómetros que marcan la emigración son tan variables que uno se puede sentir fuera de casa, fuera de su ciudad, a muy pocos metros. De hecho, a mí siempre me ha encantado ese momento en el que regresas a Coruña después de unos días fuera y de repente hay una línea de meta que te fija que por fin estás en tu ciudad. De pequeña a mí me pasaba al llegar a la fábrica de la Coca-Cola, justo en ese instante; no era antes, en el puente «del Pasaje», ni más abajo, en la recta de Elviña. La Coca-Cola fijaba en mi cabeza la llegada a casa como una buena señal. Y de alguna manera aún lo sigue haciendo porque ese límite es absolutamente subjetivo.

Gente paseando por la calle Real
Gente paseando por la calle Real

Mis hijos, en cambio, ven en Marineda City un elemento digno de ser incluido en la ciudad como tal, incluso aunque sea a través de un anuncio, así que desde O Burgo consideran que pisan Coruña si un cartel enorme les hace ver que «Marineda está a cinco minutos». Son otros tiempos.

El límite entre lo que es verdaderamente Coruña y no lo es es tan arbitrario que puede darlo hasta la presencia o ausencia de cobertura, porque si vienes por la tercera ronda hablando por el manos libres no puedes sentirte en la ciudad de ningún modo si a cada segundo se te corta la respiración con tanto cuelgue de llamada. Llegar al «pavo real», en la ronda de Outeiro, te da otra perspectiva más urbana. Aunque para muchos esa Coruña les parezca de aluvión, con sus edificios masificados a pie de las huertas en las que aún crecen las berzas. Es verdad que cada vez quedan menos rincones que configuren esa mezcla rústica, de barrios que crecieron a monte, pero ser de uno de ellos marca una forma de sentir e incluso de ver tu ciudad. Los de barrio, por ejemplo, vemos un horizonte de ilusión cuando todavía escuchamos a alguien decir: «Hoy vamos al centro». Y eso que como bien contó mi compañera Antía Díaz Leal el centro se ha movido mucho últimamente. Pero existe. Y existe como una alternativa de ocio, de paseo, de compras, de ánimo y de diferencia con la rutina del barrio, da igual que seas del Agra, del Ventorrillo, de Elviña, de los Castros o de Monte Alto. El centro tiene ese punto más que a los del barrio nos sigue alegrando. Por eso siempre he pensado, ustedes dirán si es una equivocación, que a los del centro, a los del 15003, Coruña se les queda muy pequeña. Pasa el año, y yo desde lo alto por aquí no los veo.

Por Sandra Faginas Coruñesas

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