Así nos repartimos las propinas

ME QUEDO CON EL CAMBIO Los camareros tienen una «miniextra» al mes que varía en función de la buena voluntad de la clientela. En cada local se la reparten de distinta forma, pero todos coinciden en que es un hábito que agradecen, aunque la mejor de ellas es que el cliente repita.


A lo mejor no se imaginaban que tendrían su cofre, su cajita fuerte y todo un sistema montado a la perfección -a lo Ocean’s Eleven- para que nada les falle. Los camareros tienen su propia «fortuna» y céntimo a céntimo, euro a euro consiguen un pequeño tesoro a final de mes. O cada quince días, depende de cómo lo tengan establecido. Así lo hacen en La Bodeguilla de la calle Feijoo, en A Coruña, donde los días 1 y 15 de cada mes se reúnen cuando abren el local para repartirse lo que hayan ido sumando. Todos a una. Los chicos de la cocina, los que sirven en el restaurante o los que están en la barra no hacen diferencias. Todo suma y se divide a escote. Aquí trabajan doce personas y su botín, siempre redondeado en un billete, es el mismo. «La media suele ser -dice Vanessa, a la derecha de la imagen- una media de 60 o 65 para cada uno cada quincena». Así que al mes ganan unos 130 euros, que ellos siempre reparten del mismo modo. Hacen un cucurucho con una servilleta (como la que está encima de la caja fuerte) y le ponen dentro un billete con el nombre. Si quedan unos monedas sueltas quedan para la próxima caja. A diario ellos van colocando en un cuenco blanco lo que los clientes les dejan y esas propinas se cambian a billetes en cuanto se puede.

Tres o cuatro euros

¿Hay alguien que os haya sorprendido por espléndido?, les pregunto. «Alguna vez algún cliente en Navidad nos ha dejado un aguinaldo de 50 euros, o nos ha regalado un décimo de lotería, pero lo que más me sorprende a mí es la constancia de algunos, consuman lo que consuman, nos dejan tres o cuatro euros y a lo mejor vienen tres veces por semana», dice Jorge (a la izquierda). Porque lo que tienen claro todos es que eso de «quédate con el cambio» es una cuestión de costumbre. La gente «mayor» suele tender más a dejar, sobre todo en el restaurante, pero en general quien tiene el hábito de dar propina la da siempre. Sea más o menos. «Nosotros tenemos buenísimos clientes que jamás dejan nada, y otros que afortunadamente para nosotros sí», «¡que estas miniextras a mediados de mes nos vienen muy bien!», se lanza Vanessa. Por si acaso, Javier (que no sale en la foto) se pone poético y asegura que la mejor propina es una sonrisa. Que el cliente se sienta a gusto y repita es el verdadero botín. Pero a Vanessa, que todos los meses tiene la responsabilidad de hacer el reparto, no se le olvida el mes que ganaron más: «Fueron 250 euros por cabeza». Venga, Charlie, que no tenemos tiempo, abre la caja ya... A ver cuánto os toca este mes.

«Una vez nos dejaron 600 euros»

En el café Centro, ubicado en la plaza Mayor de Lugo, las propinas se reparten de diferente forma entre sus 11 empleados. En la barra trabajan cuatro camareros que van guardando en un bote las donaciones que cada cliente les deja. Al final de mes se las reparten. «En total cada uno saca de media al mes unos 100 euros», explica Antonio Blanco, encargado del establecimiento hostelero desde 1988. Otras cuatro personas desempeñan sus labores en el comedor y otras tres en cocina.

«Aquí, en el restaurante, cada uno se lleva lo suyo. Cada camarero saca de media unos 300 euros al mes. No sorprende porque la clientela es de clase media- alta», cuenta Antonio, que si tiene que recordar algún cliente espléndido rememora a un grupo de irlandeses que venían cada año (durante 25) a pasar dos días en su local. «Es verdad que era un grupo amplio, de una asociación de esclerosis con 30 personas. Les dábamos de cenar y cerrábamos muy tarde, los acompañábamos hasta las cinco de la mañana más o menos. Eso sí, aparte de lo que consumían pasaban el sombrero e iban dejando una propina entre todos. Cada noche recaudábamos 600 euros. Ahora ya no vienen, pero claro que los echamos de menos, en dos días eran 1.200 euros», indica.

Este céntrico local abrió sus puertas en el año 1903, y sirve al día una media de 600 cafés; por aquí pasan cientos de lucenses y, como cuenta Antonio, muchos extranjeros. Si el café en barra cuesta 1,30, en sala 1,70 y en terraza 2 euros, echen cuentas de cuanto pueden sacar sus empleados de donación. «El cliente nos dice: cobren lo suyo», en referencia a la propina. En cuanto a los clientes de otros países, los que más dejan son los americanos y latinoamericanos, acostumbrados a dar el veinte por ciento de la consumición», explica. Años atrás, el local disponía de una campana para informar cuándo un cliente había dejado propina. Dependiendo de la cantidad económica que dejasen, ahí estaba la intensidad del sonido. Ahora, sin señal de alarma, siguen obteniendo donaciones, lo que demuestra que el cliente está bien atendido y se siente a gusto, aunque en estos años Antonio confirma que la propina es una costumbre más arraigada en la gente de más edad: «Los jóvenes pasan, han perdido el hábito». Con todo, entre los céntimos sobrantes del café y uno o dos euros que sacan por consumición en la barra, el bote continúa llenándose. Eso sí, las buenas propinas se dejan en el restaurante.

«Abrimos el bote con abrelatas»  

Trabaja como camarera desde que tenía 19 años y actualmente cumple 31. Sandra Cid Camiña sí sabe lo que es recibir una propina. Ella, junto a sus compañeros de la cafetería Sil de la capital ourensana, guardan en una lata las que diariamente les dejan los clientes. Un recipiente que vacían con abrelatas cuando se llena, algo que, según indica, suele pasar cada mes y medio. «Solemos repartir, cada vez que lo abrimos, unos 300 euros. Sobre cien euros cada uno, aunque depende de la época del año. Hay meses que no llega a esa cifra», explica. Sandra asegura que la crisis económica, por lo menos en su caso, no hizo bajar la cantidad de propina. «La gente aún sigue dejándola. Los que más, la gente mayor, sin duda. Y no tiene que ver con lo que consuman sino con su forma de ser. Hay un cliente que viene siempre a tomar un cortado y solo él me deja todos los días más de un euro, ya que viene mañana y tarde», relata.

Y eso todos los días del año. El peor mes, en el caso de Ourense, es agosto. Con temperaturas rozando los 40 grados y media ciudad de vacaciones lejos de la capital, es difícil alcanzar otras cifras como, por ejemplo, las de Año Nuevo. «En diciembre hay mucha gente. Y el chocolate con churros del Fin de Año deja mucho», añade. Sandra asegura que no tiene ninguna queja en este sentido y enseguida cuenta una anécdota: «Una vez un señor que siempre me deja propina se olvidó. Al día siguiente vino solamente para dármela». Y es que afirma que el que la deja, lo hace siempre. Como sabe lo importante que es ese plus para los camareros subraya contundentemente que ella, como clienta, deja propina siempre.

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