Salvar vidas de niños refugiados


El campamento de Katsikas, en Grecia, es un pedregal que hierve a 45 grados en verano y en el que se cuecen cada día 1.500 refugiados que llegaron huyendo de la guerra en sus países o de la demencia sádica del Estado Islámico. Sobreviven gracias a dosis homeopáticas de comida que reparte el ejército y duermen con el lomo encogido por el dolor en tiendas de campaña sin suelo, sobre los cantos rodados. De día pululan por el acantonamiento insalubre niños enfermos, contraídos por la desnutrición y que juegan sin juguetes ni esperanza, con la sonrisa a flor de boca y la señora de la guadaña como compañera de aventuras.

Entre esos pequeños se encontraban hasta hace unos días los iraquíes Mudafar y Ahmed. Después de estudiar su caso, el Hospital A Coruña confirmó que se morirían si no eran tratados de inmediato de su enfermedad: hepatopatía crónica hereditaria con cirrosis avanzada. Fue la oenegé Asociación Integral de Rescate de Emergencia (AIRE), formada básicamente por bomberos coruñeses, la que localizó a los niños en Katsikas y consiguió traerlos a España después de esquivar asechanzas varias y una burocracia recalcitrante. La semana pasada, en compañía de sus padres, los dos chicos ingresaron en un hospital de Sevilla donde están siendo tratados de su mal.

Mientras, en Katsikas, los padres de los demás niños, desnutridos y famélicos, sabían que sus hijos no tendrán ni una oportunidad cuando, en apenas unos meses, el mercurio marque tres grados bajo cero dentro de las tiendas sin suelo, desmanteladas por la lluvia y las riadas.

Por eso decidieron marcharse. Los refugiados remitieron el viernes un escrito al Gobierno griego para explicar que abandonaban pacíficamente el campamento para no ver morir a sus hijos enfermos en aquel cocedero. Y no es difícil imaginar cómo sería allí la situación para que excombatientes familiarizados con la tiniebla de la vida tomasen la decisión de marcharse y deambular en procura de la nada en un viaje a ninguna parte, solo porque la nada es mejor que la señora de la guadaña.

Así que si Mudafar y Ahmed siguen con vida es únicamente porque un equipo de bomberos coruñeses con el corazón y la cabeza bien amueblados, apoyados por otras entidades de la ciudad, como el hospital, el Ayuntamiento o la Fundación Paideia, se empeñaron en rescatar de aquella caterva ponzoñosa a dos muchachos condenados a muerte para que tuviesen en España una segunda oportunidad.

A los que conocemos bien la filantropía y la otredad de nuestra Coruña, capaz de crear instituciones tan rotundas como la Cocina Económica o Padre Rubinos, no nos sorprende. Pero nos impresiona.

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