Paseo de los Ingleses


El murmullo no es solo del mar. El mar esta vez solo es un eco de fondo. Las olas son el gentío, que va llegando a borbotones. La espuma, las risas que de vez en cuando se levantan sobre las cabezas. Las medusas, los farolillos de colores que se elevan hacia el cielo. Hay atasco de abuelos, de jóvenes, de carritos de bebé. Globos que luchan por soltarse de la mano del niño. Niños que pelean por soltarse de la mano del padre. Padres que batallan para no comprar el globo. Hay fuertes retenciones en la cola de los helados. Marejadillas en las ventanas y balcones. Fuegos artificiales que encienden el cielo y apagan más de una conversación. Hay trasiego de cervezas y de botellas aspirantes a botellón. Hay chonis y pijos. Señores de toda la vida para los que las barbas de los hipsters pasaron de moda mucho antes de que hubiera hipsters. Cardados más impasibles que algunas fachadas. Una pequeña de ojos rasgados echa un esprint por la carretera. La calle es suya y del resto de transeúntes, porque está huérfana de coches. El paseo marítimo es la espina dorsal de este particular universo urbano. Si la ciudad fuera un cuenco, esa noche volcaría hacia el océano. Pero no lo es. Es la olla en la que hierven todos con gusto, en su propia salsa. Es Orzán y es Riazor en la noche de San Juan. Imagínense ahora que una repentina ráfaga de viento apaga las hogueras y aparta el gris del humo. Y que un camión, sin más, acelera hacia la muchedumbre. El verano se acaba en un instante, en un parpadeo. El acelerador, a cien. Las vidas, a cero. Es el paseo de los Ingleses el 14 de julio. Sí, mucho más cerca de lo que parece.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
12 votos
Comentarios

Paseo de los Ingleses