Los fantasmas de la calle Asturias


Se trata de uno de esos pequeños viales perdidos en el plano. Por la calle Asturias nadie pasa por casualidad. Solo la transitas si vives allí. O por allí. Se encuentra en esa parte de los Mallos que las inmobiliarias llaman ahora Nuevos Juzgados. Quien la cruce un día por la mañana creerá estar en una ciudad fantasma. Negocios cerrados a cal y canto. Un solar aguardando ser tapado por un edificio. Fachadas apuntaladas. Placas del Ministerio de Trabajo de 1935 en algún inmueble. Una pintada que reza: «Elviña será o novo Gamonal». Y silencio, mucho silencio.

Cuesta creer que allí hubo vida. Mucha vida. La Asturias era una calle como las de Cuéntame: con los padres en el bar y las madres llamando a gritos a sus hijos por la ventana. «¡Néeeeestor! ¡Para casa!». Los progenitores disfrutaban en Vinos Primo, una bodega de esas a las que se iba cada semana con un garrafón de cinco litros a llenarlo al barril. Se jugaban los vasos a los chinos, mientras los críos apuraban las horas con pantalones cortos y rodillas llenas de postillas.

En la calle Asturias se gestaron cosas míticas. Allí estaba el bar del Maravillas, legendario equipo del fútbol modesto. En los ochenta veían los partidos europeos del Madrid con velas. Cuando regresaban de entrenar sus jugadores, los tacos de aluminio de las botas chocaban en la acera. Era el sonido más excitante del mundo para los niños que crecieron con Naranjito. Todos querían jugar en ese equipo.

También contaba con sala de fiestas: Marux. Podían actuar Los Chichos, el Mago Antón o una contorsionista filipina. Los vecinos un día veían jaulas de palomas. Otro, un cachorro de tigre. Pero no solo eso. Las fotografías de las vedetes que colgaban de su escaparate empujaron el despertar sexual de la chavalada en la era de los dos rombos. No quedaba ahí el punto cosmopolita. En la Asturias había una pizzería, Nuevo Santa Cruz. Empezó en 1971, cuando no existía ni Cambalache ni Telepizza y pocos habían mordisqueado esa mezcla de pan, tomate y mozzarella. «Es una empanada con queso», describía alguno. Sus propietarios venían de Brasil. Y si no fue el primer lugar en el que se sirvió una caipirinha en A Coruña, debió ser el segundo.

Ascensores Giesa, domiciliados allí, instalaron cientos de elevadores en la ciudad. Y Deportes Dositeo, surtido de armas a cientos de cazadores. Enfrente quedaba el Bar Amoriños, convertido luego en el Garquín, despachando arepas venezolanas de manera pionera también. De eso no queda casi nada. Apenas un mensaje del Kotel, un club de alterne que tuvo su gran momento en los ochenta. Advierte que funcionan en una calle cercana. Mientras se lee, resuenan ecos de otro momento. Por ejemplo, el bullicio mañanero de niños bajando la calle para esperar el bus escolar en la calle Vizcaya. Entre ellos, el hoy alcalde Xulio Ferreiro.

Autor Javier Becerra coruñesas

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