A Coruña / La Voz

Caminan por el atardecer de la vida. Lo hacen con muletas, con bastón, con andador o sin nada. Alguna evoca los años en los que iba a comer a Oleiros, a San Pedro, «y volvíamos andando» hasta A Coruña. Otra relata su periplo por Cuba, Venezuela e Inglaterra. Generosa recuerda su estancia en el París de los años 60 durante casi dos décadas. Son seis mujeres que viven en la residencia Padre Rubinos y juntas suman casi 600 años. Cada una de ellas, como escribió Neruda, confiesa que ha vivido, a veces abriendo caminos.

El padre de Amelia Ferreiro trabajaba en una naviera y por ello «viví en Cádiz cinco años». La bautizaron en Santa Lucía y de joven «algunos domingos íbamos a comer a Santa Cristina y luego andando hasta Sada». Ahora «sigo siendo una andariega», cuenta esta mujer, que trabajó como secretaria de dirección en la naviera Ponte Naya: «Enviábamos mineral para América». Sin olvidar que es pianista, evoca que era la encargada de la caja en dicha empresa aunque eso «no me gustaba mucho».

De números habla Fifí Pérez Alonso, bautizada en San Nicolás; cumplirá 91 años el 15 de diciembre y los resume en tres datos: «Estuve 8 años de noviazgo, 62 de casada y el 7 de abril hace dos años que quedé viuda». Esas vivencias están escritas en los surcos de su rostro sonriente.

También sonríe Generosa Ramos, nacida en Mondoñedo y que el 2 de diciembre cumplirá 102 años. Eran doce hermanos que se fueron muriendo y cuando quedaban cinco «mi hermana y yo nos planteamos ir para una residencia porque las dos estamos solteras». Mientras Generosa cuenta esto, su hermana Concha está en misa, en la capilla de Padre Rubinos que atienden cinco monjas, Hijas de la Caridad. «Éramos seis, pero una murió hace poco», indica una de las religiosas que atiende dicha capilla.

Pionera en As Pontes

Generosa conocía Padre Rubinos «de traer aquí ropa para las monjitas. Las residencias tienen mala fama y veníamos con cierta prevención, pero estoy encantada. Esta residencia es muy buena, una prolongación de la familia y es comodísima. He tenido varios aciertos en la vida, este fue el último y el mejor».

Generosa sorprende con las variadas etapas que ha vivido: «Al morir mi padre empecé a trabajar». Lo hizo en As Pontes, en lo que entonces era la empresa Calvo Sotelo y ahora es Endesa.

Era la única mujer que había, junto con Isabel Pantín, de Ferrol. Luego se fue tres años a Madrid «y al volver pedí una excedencia para ir a Francia a perfeccionar el francés. Con ello tenía posibilidades de pasar a la oficina de traducción y allí tenía una paga mejor...» Pero los planes cambiaron y en lugar de un año estuvo 19 en París: «Allí todo era distinto y gané más dinero que era lo que le hacía falta a mi madre para sacar adelante a la familia». Su tarea fue la de cuidar niños de familias de la alta sociedad parisina, «si te confían los niños es que te confían todo y más siendo una extranjera». Volvería a vivirlo, «lo que lamento es no haberlo hecho antes».

Elogios al personal

Manola García Lagares es una de las veteranas de Padre Rubinos, donde lleva 15 años, y tiene un año más que Lucía Prada que nació en Ambasmestas (León) si bien «cuando tenía diez meses me trajeron para Lugo y luego para A Coruña donde llevo tanto tiempo que a veces pienso que soy de aquí». Y en la ciudad nació Carmen García González si bien «a los ocho meses me llevaron para Cuba donde estuve hasta los 8 años». En aquellos momentos «Cuba era Cuba, Cubita la bella...». «Le llamaban la Perla», apunta Fifí. Carmen bromea con que eran tiempos en los que no había ni sombra de Fidel. Luego estuvo 15 años en Venezuela, trabajando en una farmacia y se marchó «cuando empezó la inseguridad. De hecho, cogí un apartamento cerca del trabajo para estar más segura». Después se fue a Inglaterra donde trabajó durante nueve años.

Estas mujeres se deshacen en elogios a las responsables del equipo técnico que lleva la residencia y Fifí lo resume así: «No estoy contenta, estoy feliz. Me quiero morir aquí».

Desde la piscina al bingo, pasando por el coro, los talleres o «las canciones de nuestra vida»

El «envejecimiento activo» es uno de los objetivos del equipo de especialistas que atiende el complejo gerontológico de Padre Rubinos. No siempre es posible y por ello cada una de las personas cuenta con un programa individual de atención; esto lleva, según recoge la última memoria de la institución, a contar con un grupo de 35 residentes con una mayor dependencia y casi todos ellos van en silla de ruedas; otro colectivo de casi 60 personas son prácticamente independientes y «participan en una o varias actividades diariamente, o al menos dos días por semana», explican responsables del centro.

Dichas actividades terapéuticas están distribuidas en tres grandes grupos: actividad mental y neuropsicología (talleres de prensa, de estimulación cognitiva, memoria y relajación o de informática), de salud (piscina, gimnasia de mantenimiento, música y movimiento, relajación o paseos programados) y ocio y tiempo libre; entre estas últimas están desde el coro hasta al bingo, pasando por las manualidades y pintura, bolos, actividad de invernadero, tardes audiovisuales en las que se visualizan vídeos, fotos o películas y «las canciones de nuestra vida».

Destacan desde el centro que algunas de estas actividades «se realizan conjuntamente, llegando a formar grupos de más de 45 residentes en cada actividad».

El centro cuenta asimismo con una unidad de atención continua en la que son atendidos «residentes con demencia que presentan trastornos de conducta asociados a la enfermedad».

En resumen, un complejo gerontológico que tiene «un componente marcadamente benéfico social, financiando Padre Rubinos una parte muy importante del coste de las prestaciones».

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Las vivencias de casi seis siglos