Los dos días en los que Tina Turner hizo arder el Pabellón

Hace 25 años que la americana actuó en la ciudad con un doblete memorable


a Coruña / la voz

Aquel año todo podía pasar. El Ayuntamiento ansiaba meter a la ciudad en el circuito musical pop-rock internacional. Y apostó a lo grande. De la nada al todo. En 1981 habían tocado los Ramones. Luego, un larguísimo silencio. Se interrumpió el 29 de julio de 1990 con Prince. No se quedaría ahí la apuesta. Cuando los coruñeses aún se estaban recuperando de aquello, el Ayuntamiento lanzaba un anuncio: las fiestas del Rosario contarían con la presencia de Tina Turner.

Tina Turner en A Coruña (1990)
Tina Turner en A Coruña (1990)

No se trataba de cualquier cosa. No era una artista venida a menos jugando con un glorioso pasado. Se impone hacer memoria. Tras su resurrección a mediados de los ochenta con el álbum Private Dancer (1984), llegaba con el multimillonario Foreign Affair (1989). Es el continente de The Best, Steamy Windows y I Don´t Wanna Lose You. Por supuesto sonaron en el Pabellón de los Deportes. Lo hicieron fieras. Rugientes. Con las uñas afiladas.

Hubo dos pases. «El concierto en principio iba a ser único el 1 de octubre, pero se hicieron dos», recuerda Ramón Barros, uno de los integrantes del equipo municipal que se encargó de aquellos primeros conciertos deslumbrantes en A Coruña. Entonces no existía el Coliseo. Pese a las 4.000 pesetas que costaban los tiques, la venta se disparó. Se agotó la primera fecha. Lleno total el 1 de octubre: 9.000 personas. Y se puso a la venta la segunda, el 2 de octubre. Aquí solo se llegó a la mitad del aforo.

«Fue aún mejor el segundo concierto que el primero», asegura Barros. La artista había llegado justa de tiempo. Al día siguiente, mucho más suelta y relajada, hizo que la magia fluyera en el Pabellón. Magia, pero sobre todo fuerza. Todos los asistentes recuerdan ese poderío, amplificado con dos bailarinas que la secundaban y una banda potente, en la onda del rock de estadio de artistas como Bruce Springsteen. Saxos huracanados, teclados con toque FM y guitarras lustrosas. Junto a ello, una garganta rasgada, muslos contraídos y mucho, muchísimo sudor.

Caprichos y sencillez

Antes de pisar el escenario, existía gran expectación sobre la artista. No se estilaban bolos tan grandes en la ciudad. «Hubo que hacer un comedor para su equipo en el Pabellón de los Deportes, algo que nos parecía rarísimo», dice Barros. Además, se exigieron dos limusinas, un chófer e información sobre la moda gallega. Al parecer le interesaba mucho a Tina. Por iniciativa propia se hizo una pasarela para que la artista pudiera acceder al escenario desde el camerino (un vestuario enmoquetado para la ocasión) manteniendo su privacidad.

La sorpresa llegó el segundo día. «De pronto andaba una mujer por allí paseando entre los técnicos y nos llamó la atención», dice Barros. Se acercaron. Era ella. «Una mujer sencilla, amable y sonriente, que no tenía nada que ver con esa idea», cuenta. Esa sonrisa la proyectó sobre el escenario desde el primer momento con Steamy Windows.

Piernas ligeramente abiertas, balanceo de todo el cuerpo, melena leonina y un vestido de malla metálica cayendo sobre ella. Era el vivo retrato de una artista volcánica a punto de entrar en erupción. Carlos García Bayón no se contuvo el retrato que hizo de la noche en La Voz: «Ahí está Tina, con flexibles y lúbricas piernas, el seno sudoroso, el culito exacto, la voz aguda, punzante, aterciopelada, hondo, los altos tacones, inmersa en el alarido popular, entre guitarras, piano, batería, bajo, saxo, ¿qué más quiere? ¡Embriáguese, que sabe Dios cuando hallará otra fruta tan sazonada!»

Así se expandió durante una hora y media, calurosa y con la pobre acústica del Palacio de los Deportes. No importaba. Se trataba de algo impensable meses antes. La gente quería disfrutar. ¡Y vaya sí lo hizo!

«En realidad ahí estábamos ya promocionando lo que iba a ser el Coliseo en 1991»

Que Prince y Tina Turner actuasen en 1990 en A Coruña no se trataba de una casualidad. La ciudad estaba al margen de las grandes giras, pero existía una clara intención de virar el timón. «Queríamos fijar la atención de los promotores internacionales en nosotros, que supieran que aquí podían hacer cosas», apunta Eduardo Blanco, concejal de Fiestas de aquella época. «Los traslados se hacían por carretera y solían ser en el eje San Sebastian- Barcelona-Madrid», puntualiza Barros.

En el horizonte estaba el Coliseo, que entonces se encontraba en obras. Se iba a inaugurar en la primavera del año siguiente. «En realidad ahí, con este tipo de conciertos, estábamos promocionando lo que iba a ser el Coliseo en 1991», sostiene Blanco. Ambos funcionaron dentro de las previsiones. Demostraron que había público. El coste económico que suponía para el Ayuntamiento se asumía como promoción de la ciudad y captación de visitantes.

Se cumplirían los planes. En 1991 desfilaron por el Coliseo Sting, Paul Simon, Juan Luis Guerra y Whitney Houston. En 1992, Elton John y Frank Sinatra. En 1993, además del Concierto de los Mil Años en Riazor (con Neil Young, Bob Dylan, Wilson Picket, Jerry Lee Lewis y muchos otros), UB40. Luego se rebajaría el nivel. Pero, aún así, el Coliseo acogería en los noventa a bandas como Status Quo (1996), Mark Knopfler (1996), Ray Charles (1997), Bryan Adams (1999), o The Pretenders (1999).

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