Ganaderos contra todo

Son parte de la esencia de Galicia y, pese a vivir en una crisis sin fin, resisten a base de tractoradas y de ir perdiendo efectivos por el camino. Compartiendo la actividad diaria de un productor de leche gallego: una vida muy dura


Son las siete de la mañana. La luz del amanecer empieza a asomar en la ganadería Montemaior, una explotación lechera en A Laracha (A Coruña) que podría ser calificada de modélica. Xosé Manuel Iglesias (35 años), se incorpora a su puesto de trabajo. Empieza por comprobar que los cerca de doscientos animales que viven allí han pasado la noche con normalidad. Mientras efectúa la inspección y va limpiando las camas de las vacas ofrece algunos datos sobre por qué estamos en una de las explotaciones más envidiables del país. El más relevante reside en el precio que reciben por la leche: 32 céntimos más calidades. «Non coñezo a ninguén a quen lle paguen máis», admite Iglesias. Pero sí conoce a muchos a quienes les pagan menos. Mucho menos.

Aquí hay 170 vacas en ordeño que generan una producción de 150.000 litros al mes, es decir, un volumen muy por encima del que ofrece una explotación media en Galicia. Además, la ganadería Montemaior es una explotación joven (arrancó en el 2009) producto de la fusión de tres pequeñas granjas. Viven de ella por tanto tres familias divididas en seis jornales. Un día normal, Xosé Manuel se mete entre pecho y espalda once horas de trabajo que hoy no han hecho más que empezar. Gracias a la organización de la empresa, nuestro hombre libra los fines de semana. Bueno, libra dos y trabaja uno, Y disfruta de 20 días de vacaciones al año. Además es copropietario de la explotación. ¿Cuánto recibe un gallego de última generación, formado específicamente para la gestión de empresas agropecuarias, miembro de una empresa propietaria de instalaciones nuevas, creada en base al asociacionismo y con un tamaño muy superior a la media? Mil euros al mes. A partir de aquí hay que ir restando y de ahí sale la radiografía de un sector que en algún momento se consideró estratégico para Galicia y que desde hace demasiado tiempo solo trabaja (y mucho) para sobrevivir.

Después de limpiar la sala de ordeño y mientras dos de sus compañeras de trabajo, vacían las ubres de las vacas, Xosé Manuel explica que antes de embarcarse aquí, estuvo trabajando en una fábrica. «Non me botaron. Marchei eu, porque me gusta o campo, me gusta este traballo, pero gañaba máis alí que aquí». Su pareja y él tienen una niña que ya ha cumplido el año. Sus compañeros de explotación superan los cincuenta años y sus hijos no tienen ninguna intención de mantenerse en el sector, una situación demasiado conocida entre los ganaderos gallegos, conscientes de la falta de relevo.

Zancadillas por doquier

Los pocos años que lleva la explotación en marcha han sido suficientes como para que Xosé Manuel haya sido testigo de las canalladas de la industria ?«Eliminaron a cooperativa á que lle entregabamos o leite»?, del abrumador peso de la burocracia ?«Tardamos dous anos en conseguir a licencia de obra»? y de la falta de determinación de la Administración a la hora de arbitrar soluciones. Demasiadas zancadillas. Y sin embargo, nuestro hombre apunta a un problema estructural como el principal factor desequilibrante: la base territorial. «Nos temos 134 hectáreas repartidas en 189 grupos de fincas en tres concellos diferentes. Imaxina o que é eso?», razona mientras  camina hacia el tractor. Tiene pendiente pasarle una grada a unas fincas a seis kilómetros de allí, tarea que le llevará buena parte de la tarde. Xosé Manuel tiene grabada en su cabeza las granjas francesas que ha visitado, gobernando grandes extensiones de terreno en las que el ganado pasta libremente durante el día. Esa imagen bucólica se traduce en muchos euros de gasóleo, de piensos, de esfuerzos. Muchos euros todos los días que marcan la diferencia de rentabilidad entre los dos ganaderos, el francés y el gallego. Ambos protestan por los precios de la leche, pero mientras el francés va tirando con 33 céntimos, el gallego va con la lengua fuera: «A concentración parcelaria debería ser algo obligatorio, como unha expropiación; algo que se tiña que facer por lei», opina. Sobre la posibilidad de que una parcelación pudiera  beneficiar a su explotación, es muy claro: «Morrerei eu, a miña filla e aínda terán que morrer moitos máis antes de facela».

A media tarde, Xosé Manuel acondiciona la cuadra, mezcla el forraje y el maíz en el carro que distribuirá la comida por la nave. Hemos hablado mucho ya. Le comento que ya tengo el olor del purín metido en el cerebro y él contesta que ya es insensible a ese respecto: «Sí. Teño a esperanza de manter a explotación. Por eso me metín. Pelexo cada día, pero hai factores que non podo controlar. Penso que se pode vivir de esto, pero nunca será un bo negocio, porque non  deixan que o sexa. A agricultura é unha moneda de cambio con Francia. Se tivésemos o mesmo apoio que teñen os gandeiros franceses, viviríamos moito mellor. Se para un caramelo que nos van dar, xa ve o expolio que tivemos que facer», dice refiriéndose a las recientes tractoradas. 

Siempre hacia delante

Junto al nuevo silo que han construido este año Xosé Manuel explica que, de los 330 euros que reciben por mil litros de leche, cincuenta salen a pagar los créditos bancarios. Y no pueden parar. El camino hacia la supervivencia está en el crecimiento, escapar hacia delante: «Tódolos anos hai que facer algunha cousa. O que ven igual non se pode, pero hai que facer unha nave para as novillas». Y se encoge de hombros. La previsión es ir incorporando novillas hasta alcanzar las 200 vacas en ordeño. «Pero xa veremos como va todo». Ahora ya la jornada está a punto de acabar. Hablamos un poco de las tractoradas, de los 15.000 litros que tiraron en esos días, de la solidaridad percibida: «De pouco serve se logo cada un fai o que lle da a gana».

Nos despedimos. Mientras lo veo irse, pienso que Xosé Manuel es el hombre del futuro en relación a aquella sociedad que entró en la reconversión lechera modificando radicalmente el perfil del rural gallego. De aquellas se decía que, en el futuro, los mejores serían como Xosé Manuel. Nadie comentó que se iba a ganar menos que en una fábrica cualquiera.

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