Yésica Val: «A los hombres les da morbo que sea ciega»

Apasionada por el teatro, la joven monologuista comenzó a perder la vista cuando tenía 23 años


Dice cosas impresionantes. Y siempre sonriendo. «El único momento en el que veo imágenes reales y no borrosas es cuando estoy soñando. Tengo mucha memoria visual y me acuerdo de las caras de la gente de cuando veía», comenta Yésica Val Fresco. «Como el pan», apostilla con una carcajada sobre su segundo apellido.

Habla de asuntos serios, duros, dolorosos, pero siempre encuentra espacio para el humor. Tiene 35 años, es sagitario, y está soltera, aunque con pareja. «Me gusta la idea de tener un marido si apareciera la persona ideal, pero soy muy exigente y para mí todos los hombres tenéis defectos», comenta sonriente. «Creí que el hecho de ser ciega os iba a echar para atrás porque sois cobardes, pero qué va, os da igual. A los hombres les da morbo que sea ciega. A veces pienso que soy como Angelina Jolie porque se me pegan y no me dejan», añade con el adorno de otra gran carcajada.

Lo que tiene claro Yésica es que no va a tener hijos. «Siempre fui madraza y me hubiera gustado criar una prole, pero cuando perdí la visión me quité la idea de la cabeza. Para los niños hay que tener mil ojos. Imagina que voy al parque y cojo a un niño que no es el mío».

Nació en A Coruña, pero pasó los primeros ocho años de su vida en Venezuela, donde había emigrado la familia. De vuelta a casa estudió en el colegio Cervantes, en el Concepción Arenal y en el Eusebio da Guarda. Después acabó Relaciones Laborales en Ferrol y ahora estudia psicología por la UNED. Su vida cambió de manera radical a los 23 años.

Pasión por el teatro

A esa edad empezó a perder visión. «Era miope, pero me asusté porque de repente empecé a ver menos y menos y fui a urgencias. Me diagnosticaron distrofia macular, creo que se dice así. Es algo raro, en mi familia nadie tiene estos problemas menos yo».

Con el papel de la incapacidad en la mano, decidió apostar por lo que siempre le gustó, el teatro, la danza, los monólogos, y acudió a varias academias para formarse. En el 2011 estrenó su primer espectáculo en el café Bon Vivant. «Triunfé, eran todo amigos», apunta entre risas.

Ahora, la siguen llamando para actuar en locales de toda Galicia con su nuevo monólogo, Los monólogos de la conacha. «Está basado en Los monólogos de la vagina pero la destrocé totalmente. Me gusta provocar, romper con los tabúes. Doy imagen de dulce, de pequeñita, y nadie se espera que de mi boca salga eso. El humor cuanto más bruto, más funciona. Lo de caca, culo, pedo, pis le sigue gustando a la gente », sentencia Yésica Val.

Dice que se gasta mucho dinero en taxis y buses. «Me gustaría poder caminar más por la ciudad, pero es un peligro por los andamios y los excrementos de los perros. Lo hago todo como si viese, pero me da pena perderme las exposiciones y no ver los cuadros y las fotografías. Al cine voy y me siento en primera fila, aunque es un fastidio para los amigos que van conmigo, y sigo la película gracias a un sistema que describe lo que pasa. Leo mucho en audiolibro, en especial novela romántica, de suspense y de autoayuda», relata mientras compartimos café en el Doré de la ronda de Nelle, esquina Sinforiano López, el mismo sitio donde me citaron estos últimos meses la cantante Silvia Penide y la pintora Marita Carmona. Se ve que es un local que atrae al arte.

El lugar favorito de Yésica de la ciudad es la coraza de Riazor y, de comer, le vuelve loca la pasta. «Debo de ser algo italiana. La cocino yo, y también hago lentejas y fabada. Con los fritos no me atrevo, que la puedo liar». Esta mujer es un encanto. Sonríe a una vida que le ha jugado malas pasadas, como la reciente enfermedad de su madre que la tiene muy preocupada y pendiente de ella en todo momento. Mira con el corazón. « Lo cierto es que cuando tomo una copa de más hasta creo que veo mejor y también depende de lo que coma, influye en la visión», comenta, de nuevo entre carcajadas. Me agarra del brazo, con la otra mano maneja el bastón y vamos caminando hacia su casa. Sonriente, me da dos besos, y nos despedimos.

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