La Ciudad (y punto)

El casco histórico es la cápsula del tiempo donde A Coruña se guarda a sí misma

Con permiso de las Bárbaras, la plaza de Azcárraga tal vez sea la plaza más bonita del mundo (al menos de este mundo).
Con permiso de las Bárbaras, la plaza de Azcárraga tal vez sea la plaza más bonita del mundo (al menos de este mundo).

La Ciudad Vieja es lo que llamamos la Ciudad, a secas. Sin adjetivos, ni historias, porque no hay otra ciudad. Es la Ciudad por antonomasia y con la mayúscula mayestática. En tiempos de la Pardo Bazán, que era vecina, también se le llamaba Ciudad Alta o Barrio de Arriba, para marcar distancias con Pescadería y los suburbios.

Emilia Pardo Bazán vivía a ratos en Meirás, a ratos en Madrid -donde se arrimaba a Benito Pérez Galdós, al que llamaba «miquiño mío»- y otras veces en el 11 de la calle Tabernas, donde hoy está la casa museo, con sus muebles y algún libro, y la sede de la Real Academia Galega.

A la Ciudad Vieja, cuando de una vez por todas le sacudan de encima los coches, la descubriremos los coruñeses como si nos quitasen de los ojos la venda después de un largo secuestro. Igual hasta oímos de nuevo el chorro de la fuente de Santo Domingo cayendo por la barba de sus máscaras de piedra e incluso se escuchará el primer canto del cuco en el barrio.

La Ciudad Vieja tiene desde antiguo fama de ser refugio de millonetis, pero en realidad solo hay dos o tres ricos y el resto somos clase de tropa, que vivimos de alquiler y compramos pan de Cea y gusanitos (o como se llamen ahora) en el Badulaque de Eduardo. Lo que pasa es que aquí vive la cuarta fortuna de la lista Forbes y desequilibra algo la media.

A veces pasa Amancio Ortega, paseando con su señora y su perrito blanco, y alguien apunta:

-Ahí van 57.000 millones.

En la Ciudad hay muchos perros, algunos niños y bastantes gatos, que deambulan entre San Carlos y Herrerías, donde los vecinos les ponen cacitos con agua y su comida. Ya en la época de Pardo Bazán había muchos felinos en el barrio, y como tienen siete vidas lo mismo hasta son los «místicos gatos» de los que escribió doña Emilia. Aunque más que místicos, estos gatos callejeros están gordos y lustrosos.

La Ciudad Vieja es la cápsula del tiempo donde A Coruña se guarda a sí misma. Es el balcón ilustrado de la Casa Cornide; el jardín de San Carlos; las Escuelas Populares Gratuitas; el convento de las Bárbaras, donde las novias todavía ponen una docena de huevos en el torno de las clarisas para que no llueva el día de su boda; la calle Sinagoga, donde de noche he visto algún aleph entre las piedras; la Virgen embarazada y el rosetón de la iglesia de Santiago; la patrona en su capilla y la pista de hockey de Dominicos; el escudo de la República que ha sobrevivido sobre la puerta del Montel Touzet; los cofrades de la Venerable Orden Tercera y sus pasos de Semana Santa; el atrio de la Colegiata, donde crece la hierba entre las losas; la terraza del Café Dársena; las verbeneras y entrañables fiestas del Rosario; la sonrisa del mar desde la Maestranza, que pasó de parque de artillería a Rectorado; la librería de viejo Moucho, en la calle de la Amargura, donde lo mismo te compras uno de Flash Gordon que el Diccionario jázaro. Es El Patio y sus pipas saladas, el futbolín del Moreta, un vino entre la piedra y los grabados de Luis Seoane de Os Arcos, en la calle del Repeso; la frutería de Leonor, la peluquería de Montse y el pollo en pepitoria que prepara Manolo en El Sauce (en la calle Sinagoga, donde el sauce mismo). Y el Consulado, que ya no es el Consulado, sino O Pé Franco, donde Paco Moar le puso a la reina Letizia un rodaballo con verduritas al vapor que ahora le pide mucho la clientela.

Sigue en pie La Fundación, donde entras una noche y ves exactamente a la misma gente que habías dejado allí un sábado de 1990. Bailan la misma música, lo único es que tienen 25 años más de arrugas, alopecias y michelines, y beben más fino (gintonic con pepino y así).

Ya no hay en la puerta del Concord (también llamado el Manoliño o lo de Carmen) aquellas masas trasegando cervezas, y ahora paran a tomar café con leche clarito los padres y madres del Montel Touzet, que eran los mismos que hace veinte años estaban de madrugada en la acera con una copa en la mano y varias más entre pecho y espalda.

La Leonesa, en la cuesta de Santo Domingo, le hace mucha coña a los guiris de los trasatlánticos, que entran a hacer fotos de los jamones que cuelgan del techo mientras Bernardo saca unas lonchas muy finas de ibérico para que alucinen.

El Garufa ya no es el Garufa, sino la Casa de las Naufraguitas, y la tetería de Quique, que tenía alma de chamarilería, ahora es la cafetería San Francisco. También bajó la persiana La Madame, donde había un piano que aporreaban los niños mientras sus padres se tomaban un té verde o una pinta, según cuadrase.

Pero al menos, no todo van a ser obituarios, tenemos el bar de Amalia, en la esquina de Príncipe, donde tuvieron casa Rosalía de Castro y Francisca Herrera, y donde vive ahora Blanca Andreu, se ve que es calle de escritoras. El bar de Amalia no sé si tiene nombre oficial, pero la parroquia queda en Amalia, sin más.

-Nos vemos en Amalia.

Justo enfrente de Amalia, detrás de la iglesia de Santiago, hay una rúa diminuta, que tiene nombre de novela policíaca de Chesterton: calle de la Reja Dorada.

La plaza de Azcárraga, con su fuente del Deseo y sus árboles centenarios arañando las nubes, tal vez sea la plaza más bonita del mundo (al menos de este mundo). Con permiso de la de San Marcos en Venecia y, sobre todo, con permiso de la plazuela de la Bárbaras. Si vas de noche a las Bárbaras y pegas la oreja al empedrado, como los apaches, puedes escuchar cómo respira la ciudad dormida. E incluso el murmullo de dos o tres mil años de sueños.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de A Coruña

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
18 votos

La Ciudad (y punto)