San Amaro es nuestro cementerio marino. No el camposanto abstracto y telúrico de Paul Valery, sino el lugar donde A Coruña da tierra a los suyos y, después de los padrenuestros, les dice eso tan romano, antiguo y hermoso:

-Que la tierra te sea leve.

La capilla, que es muy pequeña y recogida, se usa poco porque los muertos llegan a San Amaro rezados de casa.

Sobre la puerta principal hay una fecha, año de 1812, una calavera de piedra y una frase cruda, también de piedra:

«El término del cuerpo es el que veis y el del alma será según obréis».

En San Amaro, aunque es una necrópolis de postín, hay mucha sepultura en tierra. Bajando, al fondo a la derecha, hay un campo de tumbas que recuerda un poco a Arlington, pero en coruñés: en vez del mar de cruces blancas de los yanquis, aquí hay humildes tacos de madera oscura con unos números. Sin nombres. Ni fechas. Ni cruces. Ni nada. Lo que sí hay son flores en muchos de estos sepulcros, lo cual quiere decir que las tumbas son anónimas, pero los muertos no. Hasta hay una señora cambiando las flores a su difunto y rezándole un responso, delante del número asignado.

Si no hay entierro programado, lo único que se oye en el camposanto una mañana cualquiera es el grifo llenando de agua la regadera, las gaviotas que van y vienen del mar, algún buque que muge al pasar la Marola (quien pasa la Marola pasa la mar toda) y la señora que bisbisea un avemaría.

Ya que lo de enterrarse bajo la torre de Hércules está algo complicado, porque Gerión pilló hace tiempo la última sepultura disponible, el coruñés de toda la vida (y no digamos ya el coruñés hasta las cachas) aspira a reposar para siempre en un nicho alto con vistas al mar, de ahí que los nichos de San Amaro se revendan como si fuesen entradas de cuando el Teresa Herrera era el Teresa Herrera.

Porque sobre los muros del cementerio se divisan las mejores vistas del mar de A Coruña -un mar de fóra, como dicen en Fisterra-: las rompientes del Seixo Branco, que pinta unas canas minerales a los acantilados, los faros de Mera y la dentellada al paisaje del puerto exterior de Ferrol.

Con permiso de La Chacarita y Bonaval, San Amaro ha sido siempre el auténtico Panteón de Galegos Ilustres, algo que se percibe a simple vista, con un paseo distraído entre la arquitectura funeraria, entre los ángeles, las cruces y los panteones. Basta con abrir los ojos y leer unas cuantas placas. Aquí está Pondal. Y Curros. Y Murguía y sus hijos (sin Rosalía). Y Antón y Ramón Villar Ponte. Y Ánxel Casal. Y Pucho Boedo, Álvaro Cebreiro, Juana de Vega (con el corazón de Espoz y Mina), Wenceslao Fernández Flórez, Juan Fernández Latorre, Francisca Herrera, José Sellier, Víctor López Seoane, Manuel Lugrís Freire y dos pintores a quienes el azar (o no) dio sepulturas contiguas: Luis Seoane y Francisco Lloréns, que son vecinos en el más allá.

Hasta la democracia, el cementerio estaba partido en dos: cementerio general (o católico) y cementerio civil, que era donde daban sepultura a quienes no se podían (o no querían) enterrar en sagrado, como Arturo Casares, que tiene una lápida republicana y laica: desnuda, solo con su nombre, sin más. Ya hace tiempo que se abrió la puerta que separaba los dos mundos, las dos ciudades, y ahora subes sin más por una escalera desde el cementerio general al antiguo cementerio civil. La democracia debe de consistir precisamente en eso, en abrir un boquete y dejar que corra el oxígeno entre las dos mitades en las que esta sociedad se divide a sí misma de tiempo en tiempo (a menudo a tiros).

Justo en la puerta de al lado, el British Cemetery está siempre cerrado y hay que espiarlo por una rendija del portalón, como en Roma se mira la ciudad por el ojo de la cerradura de la Orden de Malta. No se ve mucho, pero se intuye un césped perfecto y alguna lápida inclinada, como si el Cementerio Británico se deslizase cuesta abajo hacia el mar, para salir navegando hacia las islas.

Wenceslao, inquilino vip de San Amaro, es quien mejor ha descrito este camposanto del fin del mundo. Y, como escribía sobrado, le bastó una sola frase para humillarnos a todos los demás:

-Cuando un coruñés se muere, más que enterrarlo, parece que lo arrojan por la borda.

En San Amaro, hay que asumirlo sin tapujos, también faltan muchos ilustres: Sofía Casanova, Emilia Pardo Bazán, Santiago Casares Quiroga o Urbano Lugrís, a quienes la vida llevó a extinguirse lejos de A Coruña.

No está Salvador de Madariaga, que tampoco pudo volver a su ciudad para morir, pero que ordenó que disolviesen sus cenizas en la arboleda de espuma del bravo mar del Orzán. El mismo mar que veía de niño desde su casa (y ya se sabe que la ventana de la infancia, esa cuadrícula de cielo recortado, delimita para siempre nuestra existencia).

Dejándose de rodeos y metáforas, en vez de un cementerio marino, Madariaga eligió como sepultura el mismísimo Atlántico, que es el otro Panteón de Galegos Ilustres, el de los ilustres náufragos y marinos errantes por las profundidades oceánicas.

Tal vez ese día, cuando sus cenizas descendieron lentamente a los fondos submarinos del Orzán, todo sucedió como se cuenta al final de Moby Dick:

«Después, todo se desplomó y el gran sudario del mar volvió a extenderse como desde hacía cinco mil años».

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El mar de los muertos