Sergio Gallego: «En mi casa no tomamos castañas»

A CORUÑA CIUDAD

PACO RODRÍGUEZ

12 oct 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

En 1960 se plantó en la calle Real y... hasta ahora. «Recuerdo que vendíamos 10 castañas por una peseta. Ahora está la docena a 2 euros. Desde que cambiamos a los euros no variamos los precios», destaca Sergio Gallego Tesouro, que cumple 54 años de castañero. Esta semana volvió a ocupar su lugar de siempre, la parte de atrás de la Subdelegación del Gobierno. Es natural de Pereiro de Aguiar, Ourense. Tiene 69 años, dos hijos y dos nietos. No sabe qué hacer, si jubilarse o seguir. «Es lo que hice siempre, desde los 13 años, pero ahora (se toca los hombros y se estira con gesto de molestia) me va llegando. Ya veremos a ver. Mi mujer, que es más joven, me echa una mano», asegura. Hay una leyenda urbana que dice que es millonario. «Da para ir tirando porque no tienes inversión. La castaña sino es en la calle no es rentable, no daría para pagar una renta de un local. Es algo mejor que un sueldo de mil euros pero no tienes horarios, ni sábados ni domingos ni festivos libres. Cuando la gente pasea tú trabajas», reflexiona el popular castañero. Son las cuatro de la tarde. Charlamos en la terraza de la cafetería que está al lado de su puesto ambulante. En el rato que estuvimos juntos solo se tuvo que levantar una vez para atender a una pareja. «Estoy deseando que llegue el frío», confiesa Sergio.

Recuerda cuando él y sus hermanos, que también se dedican al negocio, se instalaron en la calle del Orzán recién llegados de tierras ourensanas. Ya llovió. «Hacíamos churros y los vendíamos en cestas por la calle», rememora. Ahora su actividad se reduce a las castañas, desde ahora y hasta Reyes, más o menos, y a los helados (en la furgoneta de La Ibi) en verano. «Me gustan más las castañas que los helados. A veces las pruebo para comprobar que están bien. Ahora estamos asando de esta zona, de Miño, de Paderne... Yo también tengo castaños en mi casa de Sada, pero no son como las de Ourense o el Bierzo. No mondan bien, son distintas. Mañana (por el viernes) voy al Bierzo a buscar unas que ya tengo reservadas», explica. Ahora las ventas no son lo que eran. «Esta calle bajó mucho y hay locales cerrados. Antes había movimiento y ahora a las nueve de la noche no queda nadie».

Dice que no tiene tiempo libre. «Siempre estoy haciendo algo. Cuando puedo me escapo a la finca y sigo trabajando, me gusta tenerla arreglada». Por la mañana lee el periódico y después le pega el corte a las castañas «para que no estallen» y tenerlas preparadas para la tarde. «No paso frío y excepto que sea una tarde de tiempo muy malo, siempre salgo con la parrilla. Nunca tuve problemas con nadie ni me intentaron robar, y además las cajas son pequeñas. La gente es fabulosa y hay personas que repiten todos los años y me saludan ?hombre, Sergio, otro año por aquí?. Se alegran de que siga la tradición, que pienso que no se va a perder porque tal y como están las cosas la gente se agarra a cualquier trabajo», reflexiona. Aunque sus negocios dependen de la meteorología asegura que «no sigo mucho el parte del tiempo. No le puedes hacer caso, a veces dan lluvia y queda una tarde preciosa. El verano fue flojo, de tiempo descontrolado». Le gusta el cocido y las comidas tradicionales. «Las pizzas para los chavales». Dice que para acompañar las castañas lo mejor es el vino del Ribeiro. «La verdad es que en mi casa no tomamos castañas», confiesa Sergio con la cabeza protegida por una boina. «Es el gorro del gallego», apunta sonriente mientras se levanta para atender a unos clientes que le esperan.