Las verbenas de San Juan

Duraban hasta la madrugada amenizadas por organillos y rondallas

El antiguo Campo da Leña fue el lugar elegido para celebrar las multitudinarias verbenas.
El antiguo Campo da Leña fue el lugar elegido para celebrar las multitudinarias verbenas.

La tradición se mantenía, pero ya no eran lo que fueron. Así se lamentaban los periodistas coruñeses de comienzos del siglo XX comentando las verbenas que había en la ciudad la víspera de San Juan. Añoraban la famosa verbena que se celebraba en el Campo de la Leña (hoy rebautizada como plaza de España). Allí, desde finales de la década de 1830, acudían vecinos de toda la ciudad a pasar una noche alegre disfrutando del baile. Era la única verbena que se hacía en el reducido y antiguo municipio de A Coruña, cuyos límites estaban en el río Monelos y en el arroyo de San Roque, que lo separaban del Ayuntamiento de Oza.

Todos recordaban como el Campo de la Leña se iluminaba con farolillos a la veneciana y numerosos puestos ofrecían diferentes tipos de licores y vinos, predominando el aguardiente y el ribeiro, así como distintas viandas, entre las que destacaban las rosquillas y los churros. La concurrencia era enorme y había gran animación. El bailoteo duraba hasta la madrugada y las curdas eran frecuentes. La fiesta se completaba con disparos pirotécnicos y madamas de fuego, un tipo de cohete que producía mucha luz.

Además, en algunos años, se lanzaron desde allí globos aerostáticos que se elevaban hacia el cielo, contemplando la gente como se perdían en el espacio y como de su barquilla se iba desprendiendo un rosario de lucecitas. También era costumbre que mucha gente hiciese una visita a la antigua capilla de San Roque, situada en un extremo de dicho campo, a realizar la clásica visita a la cabeza de San Juan Bautista degollado que estaba colocada encima de un plato en el altar lateral.

Traslado a otro barrio

Pero la verbena del Campo de la Leña fue languideciendo y a partir de la década de 1900 apenas se celebraba. Sin embargo, los vecinos de las calles próximas a la capilla de San Roque no renunciaron al baile y empezaron a realizar verbenas populares más pequeñas. La fiesta se trasladó a las calles de Panaderas, San Juan, Torre y Atochas, a las que se sumaría después el Campo de Artillería y la calle Independencia.

Con sus escasos recursos los vecinos adornaban, mejor o peor, sus calles con arcos de follaje verde e hileras de banderolas y las iluminaban con farolillos de papel de colores que serían substituidos, andando el tiempo, por guirnaldas de bombillas. El espectáculo variaba de un año a otro, siendo muy irregular, pero siempre era bullicioso y alegre.

Cada calle rivalizaba con las vecinas. Abundaban las hogueras en las que chiquillos y adultos saltaban y se consumía en abundancia sardinas y vino, pero también empanada y cabrito. Al son de organillos y acordeones se bailaba por todas partes y murgas y rondallas daban serenatas a los juanes y juanitas. Las calles rebosaban de gentes y las tabernas estaban llenas hasta el alba.

La parranda continuaba en el día de San Juan, 24 de junio, y en la tarde del día siguiente se celebraban merendiñas en los campos próximos a la torre de Hércules con su correspondiente verbena en la rotonda conocida popularmente de aquella como la Guitarrilla y hoy como la Sartén.

«Con sus escasos recursos, los vecinos adornaban las calles»

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