Sandra y Javier han cerrado un círculo. Él la tuvo en sus manos cuando ella era un bebé con parálisis cerebral y ahora consultan juntos
22 mar 2012 . Actualizado a las 12:32 h.En la sala de atención temprana de la unidad de rehabilitación del Hospital materno infantil Teresa Herrera, de A Coruña, un bebé aplica una atención extraordinaria sobre una joven becaria. Es su primer día en la unidad, pero ya se ha producido una conexión que ha sorprendido a la madre: «Puedes cogerla, si quieres». Sandra se hace con la pequeña niña y pone luz en el corazón de su madre. Porque Sandra fue un día un bebé como el que ahora tiene en brazos, con una madre como esa, llena de inquietud y preocupación. Y ahora está ahí, psicopedagoga en prácticas, con su bata blanca del Sergas, aprendiendo a rehabilitar.
Por esta unidad han pasado ya más de 20.000 niños en los algo más de 30 años que lleva en funcionamiento. Aquí se trabaja con un espectro muy amplio de patologías, desde niños politraumatizados a prematuros que nacen con menos de 150 gramos, un fenómeno en alza. El servicio mereció en el 2005 el Premio Reina Sofía, pero para su jefe, el doctor Javier Cairo, pocos premios se pueden comparar a tener a Sandra a su lado, consultando con él: «Verla con la bata blanca me impresiona... y me alegra mucho», admite el doctor: «En realidad son ellos, los niños, quienes nos enseñan a nosotros».
Sandra, que muy a su pesar apenas completará un mes en el servicio como becaria de Psicopedagogía en la UDC, es un ejemplo andante de lo que espera tras el esfuerzo para todos los niños, unos 120 al día, que pasan por allí. Y, sobre todo, para sus padres: «La familia es esencial», recuerda Cairo: «Y sin confianza, el programa no funciona».
El otro lado
«Claro que me identifico con los niños. Pero tengo una visión diferente; estoy del otro lado», cuenta Sandra. Ella estuvo doce años acudiendo casi a diario a ese mismo servicio: «Ha cambiado mucho, aunque el empeño de los profesionales es el mismo». Con la dotación de hoy, Sandra hubiera sido diagnosticada unas semanas antes. Tal vez su vida hubiera sido distinta. Pero no hablamos sobre eso. Ella relata con sus dificultades de dicción que los primeros días la gente se sorprendía al verla en la consulta, preguntaban qué hacía allí: «Yo creo que pensaban en que tenían delante a una chica con un cuadro parecido al de su hijo y que estaba ahí, delante de ellos, haciendo preguntas y aportando ideas. Al final, muchos me felicitan. Me imagino que les doy una óptica optimista. A veces demasiado, pero bueno».
El médico deja que Sandra se explique, sin intervenir, mecido tal vez por el orgullo que va más allá de lo profesional. Cuando le toca, aprovecha para repetir sus mantras: la colaboración de la familia, que sepan que hay recursos. «Que todos los casos, en mayor o menor medida, tienen un potencial de mejora». Cairo ha visto ya a demasiados padres tirar la toalla, así que todo mensaje de esperanza le parece poco. Aunque difícilmente encontrará una imagen más alentadora que su becaria, que va por ahí, de sala en sala, llamando la atención y encendiendo bombillitas en los corazones de los padres; enseñando a los pequeños pacientes que a ellos también les espera una bata blanca o cualquier otra cosa asentada en un futuro mejor, aunque ahora les parezca imposible. Sandra lo hizo. Ellos también podrán.
EN A Coruña UN Martes DE 10.30 a 12.30 horas