El derecho a la ciudad


El debate sobre la necesidad de la ampliación de Alfonso Molina parece centrarse en una cuestión de fontanería: a un exceso de caudal debe responderse con una mayor sección del conducto. El problema, ya imaginarán, es de mayor complejidad. Existen numerosos libros que contienen iluminadoras ideas sobre esta cuestión, como El derecho a la ciudad, de Henri Lefebvre, o el Espacio basura, de Rem Koolhaas. Les animo a leerlos. Pero, antes de que se pongan a ello, realicen estos sencillos ejercicios de observación, la próxima vez que estén dentro de su coche retenidos en un atasco en Alfonso Molina: fíjense en el peatón solitario que avanza con mirada angustiada por uno de los arcenes; pregúntense cómo han llegado hasta allí las personas refugiadas en la parada del autobús; cuenten cuántos buses encuentran entre la masa de coches detenidos; imaginen cómo hará un estudiante que vive en Matogrande para caminar hasta su facultad, al otro lado de la vía. ¿Creen que el problema de la avenida Alfonso Molina es el número de carriles?

Alfonso Molina es parte de la ciudad, y una parte poco afortunada. Claro que hay que actuar sobre esa vía, transformando su sección y convirtiéndola en un espacio urbano que debe unir a los equipamientos y a los tejidos residenciales, actuales y futuros, que se asoman a sus orillas. Y claro que existe un grave problema de movilidad pero, y esto cansa repetirlo, su solución no pasa por ampliar el caudal de coches privados que acceden al centro urbano.

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