«As miñas serían vinte mil leguas de pesca submarina»

Fue uno de los primeros en la Costa da Morte en practicar un deporte que para él también es una aventura


Parafrasea a Julio Verne. Si las de este fueron Veinte mil leguas de viaje submarino, «as miñas serían vinte mil leguas, pero de pesca submarina». Él es José Manuel Lorenzo Noya, de Muxía, y tiene ahora 70 años. Si no el primero de la Costa da Morte en lanzarse al mar para practicar el buceo, sí es, por lo menos, «uns dos primeiros». Y, de Muxía, asegurado. «Ao principio, aos profesionais, parecíalle moi mal que lle fóramos coller o peixe. E cando se empezou a pescar moito, estaban bastante picados», recuerda ahora, con la distancia del tiempo, entre risas.

Sin embargo, su iniciativa caló pronto. Él se lanzó a la aventura con unos doce años, provisto con un equipo escaso, que, a la vista de los de hoy en día, parece de locura: unas gafas regaladas por sus primos de A Coruña -«eles usábanas para bucear na piscinas de La Solana, daquela aquí aínda non se coñecían»-, un traje de baño ligero y lo que él llama «tridente», rudimentario y artesanal. Así se metía en las frías aguas de la Costa da Morte, cando «aínda non criamos moi ben que con aquilo se puidera pescar peixe».

La necesidad agudiza el ingenio y, para evitar las consecuencias de la baja temperatura en contacto prolongado con la piel desnuda, «recubríame da vaselina que collía da farmacia de meu pai, untaba o corpo para protexerme e así podía estar máis tempo no mar». Más concretamente, entre dos y cuatro horas. Mañana y tarde. Ahora, con 70 años, siguen haciéndolo, pero en verano y los días «de mar bo», con cuidado y con un equipo ya moderno (el primero «en condiciones» lo tuvo sobre los 20 años). En invierno, pasa el tiempo «nunha lanchiña que teño aquí en Muxía. Vou pescar a cordel». Son siete décadas las que tiene a sus espaldas, «pero mentres poida, seguirei baixando ao mar e aínda que non pesque nada, disfruto o mesmo». De hecho, dice: «Case que teño pasado máis tempo no mar que en terra». Su padre le llegó a decir que estaba más tranquilo sabiendo que estaba en el agua y no conduciendo un coche.

Ahora, las cosas han cambiado mucho, y no solo en cuestión de equipamiento. También los peces, dice José Manuel: «Ao principio, víñanche ás mans, podías coller sacos de peixe, e agora tamén hai, pero anda máis escapado». Conoce bien las marcas (primero, solo había una casa americana que servía este tipo de material, pero después fueron apareciendo otras empresas, sobre todo italianas) y también las leyes. De hecho, además, estas han mudado: «Antigamente, non había leis de pesca submarina, podías coller o que quixeras, agora hai unhas normas e tamén unhas licenzas».

Para Lorenzo Noya es un deporte y, sobre todo en los primeros tiempos, una aventura. Le sigue dando muy buenos ratos y también anécdotas, como el congrio de 22 kilos que logró pescar en una ocasión, «aínda que estiven unha hora para collelo». También hubo sustos. Quizás solo uno, pero el más grande: «Foi na zona da Virxe do Monte, en Camariñas. Quedei enganchado entre o cabo do arpón e o fusil. Empecei a darlle ás aletas con forza e ao final zafei. O que pasou foi que tiña as mans tan frías que non detectei a fibela para así soltar o cinto». Durante dos o tres años, el susto permaneció, pero prevaleció su pasión por la pesca submarina.

Conoce desde Fisterra hasta Laxe y su zona favorita la sitúa en Punta do Boi. En Muxía, Touriñán. Le gusta cambiar de sitios, experimentar. De Fisterra, recuerda sus aventuras «cando baixaba polo cortafogos do faro». También él tiene encontrado ciertos tesoros: «Unha vez, no Cemiterio dos Ingleses, atopei un tubo de cobre grande. Pensei que ía valer moitos cartos, pero ao final déronme cinco pesos por el». Su hijo Sebastián sigue sus pasos en el buceo y el otro, José Manuel, se decanta por la vela. «Tamén ás miñas netas as preparo para o mar», revela. Lorenzo Noya tiene un importante legado en sus manos. «Polos sitios polos que ía pasando, todos querían aprender a practicar a pesca submarina, de tan bonita que é. Apréndese axiña». Pero él tiene un mérito más: ser pionero.

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