La información médica


¿A QUIÉN debe informar el médico? ¿En dónde debe informar? ¿Qué información debe dar? ¿Cómo manejar información íntima en urgencias? ¿Cómo transmitir malas noticias? ¿Qué hacer cuando la familia indica rotundamente «no informar al enfermo»? ¿Qué hacer cuando el enfermo indica «no informar a la familia» y, sin embargo, existen serias razones para informar (caso de una enfermedad transmisible, por ejemplo, a la pareja)? Estas preguntas no son figuradas ni fruto de alguien que no tiene en qué ocupar su tiempo. Al contrario, éstas y otras muchas son el pan nuestro de cada día de nuestros médicos. De cómo manejen las respuestas a dichos interrogantes va a depender en buena medida no sólo la calidad del acto médico y por tanto el bienestar del paciente, sino que también repercutirá en la percepción más o menos positiva que los enfermos tengan de la actuación médica.La Comisión de Docencia del C.?H.?U. Juan Canalejo de A Coruña me invitó la semana pasada, junto a dos miembros de su comisión de bioética, y moderados de forma excepcional por su jefe de hospitalización a domicilio, para intentar hacer algo de luz sobre ellas. Me permito compartir con los lectores de La Voz dos de las ideas que allí aparecieron. Pero antes, una humilde confesión: no me esperaba, ni de lejos, la numerosa asistencia que hubo y la calidad de las intervenciones. Quedé gratamente impresionado, esa es la pura verdad: y quiero que quede constancia pública de ello, por lo que de compromiso con la excelencia profesional significa por parte de ese colectivo médico, no siempre suficientemente reconocido y apreciado por administradores y usuarios. Vayamos ahora con esas dos ideas que quería destacar para ustedes. Una de ellas, y la principal, se refiere a que ni el médico ni la familia son los propietarios de la información clínica. Nadie hay más interesado ni con mayor derecho a saber qué pasa que el propio enfermo: los paternalismos, las compasiones mal entendidas y los silencios obligados por regla general no hacen más que perjudicar al enfermo, generando mayor temor y ansiedad que la propia verdad. La familia no puede pedir -y mucho menos obligar- al médico a no informar al paciente, esto es altamente inmoral. La segunda idea se refiere a la necesaria calidez y gradualidad que debe acompañar al acto de informar. La empatía, una vez más, es una magnífica herramienta de trabajo para los médicos.

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