Según descendía la luz, se apagaban las voces en este rincón de Coirós al que acudieron vecinos del entorno y extranjeros
13 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Algunos lo sabían. Otros no. Algunos buscaban un lugar especial. Otros, en cambio, solo una garantía de horizonte despejado. Y allí estaban todos mezclados, en Pena Furada, sobre los restos de un santuario galaicorromano del siglo II antes de Cristo. Los primeros prestaban un respeto casi reverencial, para los segundos cualquier piedra era igual que otra, llegando a poner el pie sobre la Moura, el icono femenino que centra este lugar, descubierto hace varias décadas por el arqueólogo Antón Malde.
Él no podía faltar. En cada solsticio viene a estudiar los efectos de la luz sobre la Moura y las piedras principales de la vieja fortaleza. «Este era un sitio sagrado porque se ocupaba de controlar o tempo», indicaba el estudioso coruñés mientras la gente se posicionaba entre las protuberancias de granito huyendo de los tojos.
Una joven pareja ha llegado desde la República Checa. En otra esquina se oye hablar italiano y alemán. También llegan de la provincia. Alguna familia de la Costa da Morte que subió la autovía huyendo de las nubes y dio por casualidad con este recinto. Y todos los congregados en Pena Furada oyen detonaciones cada diez minutos, disparos que intentan —y esto es una elucubración colectiva— ahuyentar a los jabalíes de las cosechas. Desde la zona de la Moura, la pobre diosa pisoteada, llega el sonido de tambores. Alguien dice entonces que es un recinto sagrado que pide silencio. Las baquetas paran mientras la luna transforma el Sol en cuarto menguante.
Por un día es la naturaleza la que domina al ser humano. Según desciende la luz, las voces se van apaciguando. La gente se frota los brazos porque la temperatura, en este rincón alto rodeado de vegetación, ha bajado de forma repentina. Con la corona solar ya no hay gente en el santuario, sino una suma de individuos que asimilan el éxtasis del sol nocturno.
Solo cuando la luz regresa por un costado las decenas de personas vuelven a sentirse en comunidad. Expresiones de júbilo, alguna lágrima incluso. Celebración de algo grande. La luna dibuja entonces un sol cuarto creciente. La mitad del santuario se vacía. Los de más lejos se quedan. Los vecinos, se van a cenar. Es un lujo disfrutar de un eclipse de kilómetro cero.