Simulador de avioneta Cessna 172 hecha con cuatro tablas y un circuito

Jorge Mellid, vecino de Queirís, construye máquinas de ocio en su tiempo libre


Ahora que los aviones son templos inmóviles que invitan a subir a bordo para disfrutar de un desayuno o una comida de lujo o, como mucho, despegar para que los pasajeros vean desde el aire cómo es su ciudad, Jorge Mellid disfruta sin salir de casa de las sensaciones de volar en uno de estos aviones de gran tonelaje. Bueno, quizá no tanto. «El mío es un Cessna 172, una de las avionetas más normalitas...», matiza. Pero el mérito es que todo, todo (insistimos) todo lo ha montado Jorge con sus manos, él ha creado de la nada este simulador con el que disfruta durante horas de vuelo sin salir de su casa de Coirós.

Jorge tiene 57 años, es químico de titulación pero en su currículo laboral la que abunda es una dilatada experiencia en el mundo de la banca. «Ahora estoy prejubilado y en búsqueda activa de empleo», señala Mellid, padre de dos hijas que viven en Madrid, viaje que sortea para verlas a pesar de todas las restricciones que está imponiendo la pandemia.

A Jorge no le gusta dilapidar el tiempo. El confinamiento domiciliario le pilló en Madrid, entonces se puso a hacer otra de sus maravillas manuales, una máquina clásica de videojuegos, uno de esos armatostes que coronan las salas recreativas y algún bar.

Pero de lo que está más orgulloso es del simulador. «Podría decir que me llevó ocho meses hacerlo, pero no fue así, fue a ratos libres, no sé el tiempo total, pero bastante menos de ocho meses», explica este hombre natural de A Coruña que se instaló en Coirós para cambiar de vida. «Mis hijas, sobre todo la pequeña, flipan con estas máquinas, y eso le da un plus de satisfacción para seguir con esta afición tan friki». Y dentro de este mundillo, tiene sus propios referentes, algunos no muy lejanos. «Hay uno en A Coruña que hizo la cabina de un Airbus, eso sí que tiene mérito», dice. Pero esa no desmerece a la suya, que nació «de cuatro maderas y unas placas de circuito impreso». A partir de ahí, sus manos.

De esta forma se desquita con ese gusanillo que le acompañó siempre, el de poder volar de forma autónoma. «Tengo un compañero que hizo cursos de aviación, y cuando me lo encontré recientemente que dijo que era piloto en Air Nostrum, y me alegré mucho por él», concluye Jorge Mellid.

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