Hacia A Espenuca parando en Colantres

Visitamos el campanario exento, la iglesia y el oratorio de la localidad de Coirós


Allá por la década de los sesenta del siglo pasado, unos animosos empleados de la oficina de compras de la Bazán ferrolana (hoy Navantia) organizaron una serie de excursiones para conocer los alrededores. La empresa les prestaba su autobús, conducido por lo general por el muy querido Ráfales. Y un buen día que no consta en ninguna parte pero que probablemente fuera primaveral, arrancó el grupo de expedicionarios con sus familias rumbo a A Espenuca, en tierras de Coirós.

¿Hay que recordar que no existía Internet, no había GPS y ni se soñaba con los teléfonos móviles? Todo lo que el conductor del autobús llevaba era un mapa de la provincia, que hoy en día parecería, como mínimo, cutre.

De manera que a la hora y cuarto de haber salido de Ferrol, el autobús giró a la izquierda al ver una iglesia en lo alto, paró allí mismo y por una corredoira -ahora estrecha pista asfaltada- allá fueron casi cinco docenas de personas encaminándose hacia aquel templo románico alzado en una aldea como otras miles diseminadas por Galicia.

La desilusión fue general. El templo, sí, se encuadraba en el arte románico, según decía un entendido, a pesar de que su fachada era muy posterior, pero el entorno desilusionó a todos. Algunos habitantes aparecieron por allí y, en el intercambio de saludos, alguien dijo eso, que eran de Ferrol y que habían ido a A Espenuca de excursión.

«Pero señor, isto non é A Espenuca, isto é Colantres». Y ahí sigue Colantres, a la izquierda de la nacional VI, subiendo de Betanzos hacia Coirós. La aldea es un ente moribundo y sin encanto, pero la iglesia, algo aprisionada por otros edificios, continúa siendo un pequeño tesoro del arte rural gallego.

Aquella expedición continuó hasta A Espenuca -o sea, carretera adelante y nuevo desvío a la misma mano, bien señalizado-, y se detuvo ante un merendero, hoy restaurante, para acometer a pie los últimos cientos de metros.

Hoy en el lugar se alzan tres elementos de esos que hay que proteger a toda costa: un campanario exento en lo más alto (adulterado por algún o alguna corto o corta mental que le hizo una pintada de tipo político) y, un poco más abajo, una iglesita maravillosa y un oratorio.

«Sí, nos perdimos al principio, pero aquel viaje fue inolvidable y mereció la pena», recordaba sonriente hace un decenio una de las mujeres que había participado en la expedición de Bazán. De aquellas cinco docenas no queda nadie. Pero permanece la memoria de aquella jornada inolvidable que cualquiera puede rememorar en esta parte de la retaguardia del golfo Ártabro.

La aventura

Ir andando o en bicicleta desde la iglesia de Colantres a la de A Espenuca (por la pista que arranca detrás de la primera de ellas).

La foto más personal

Ante el campanario exento.

El desafío

Descender hasta el río, por supuesto caminando (bajando de A Espenuca, primera pista a la izquierda).

El pasado

En donde hoy se alza el campanario se levantó el castillo de Spelunca (o sea, de Cueva) en tiempos medievales.

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