Enza di Piazza: «Empecé con dos bizcochos y ahora hago 25.000 pasteles»

De padre siciliano y madre de Os Castros, montó un obrador en su casa familiar de Cambre tras un revés laboral que le dio la vida


A Coruña

Conoce el lado amargo de la vida. Pero todo lo cuenta con dulzura. «Hace cinco años estaba desesperada. Empecé con dos bizcochos y ahora hago más de 25.000 pasteles. No es suerte, es el resultado de empezar de cero y trabajar muchas horas», asegura. En el 2013 la empresa de su marido, Nicolás Cubeiro, en la que ella también trabajaba, entró en concurso y en la posterior liquidación. En un abrir y cerrar de ojos se acabó la firma de carpintería de madera Inmacu. «Nos quedamos sin nada pero nos mantuvimos unidos. Formamos una piña con nuestros dos hijos y empezamos a pensar en qué hacer», recuerda Enza di Piazza, el mismo nombre y apellido que utiliza como seña de identidad de sus dulces. «Tengo un solo apellido porque nací en Londres. Mi madre es de los Castros y mi padre de Sicilia. Se conocieron en Inglaterra y allí viví hasta los 17 años. A veces siento morriña de allá y de los amigos que tenía», confiesa. Charlamos en un salón precioso de su chalé-obrador-refugio-tienda-casa de muñecas de Cambre. Por los ventanales se aprecia el verde del cuidado jardín. «Aquí recibo a los novios y hablamos de lo que quieren para su boda», asegura sonriente.

A filla do italiano

Me pide una cosa. «Quiero que sea una entrevista positiva. Después de lo que nos pasó nos unimos y peleamos. No quiero hacerme millonaria. Quiero hacer lo que me gusta, vivir tranquila y no saber nada de los bancos. No te puedes venir abajo. A mí nunca me dio miedo el trabajo», sentencia. Tiene 53 años y dos hijos, Lucía, de 28, y Dani, que cumple 23 en otoño. Cuando dejaron Inglaterra sus padres se asentaron en Cambre y abrieron la panadería Italiana. «Mi abuela tenía horno en Sicilia. Los de churros Valdés son mis primos. Ya de pequeña yo era la que montaba las mesas y hacía tartas. Así que llevo dentro el negocio. Repartía pan por las casas y para todos era a filla do italiano», relata. Por eso años después, cuando tuvieron que reinventarse, optaron por montar un obrador en su propia casa. 

Veinte bodas a la semana

«Si me dicen esto hace cinco años no lo creería», comenta. Y es que los comienzos no fueron fáciles. Una organizadora de bodas, que tiene la empresa Locas musas, se fijó en sus trabajos. «Nuestra primera boda fue en Quinta Canaima y poco a poco fuimos creciendo. Ahora no hay semana en la que bajemos de veinte bodas. Tuvimos que dejar de hacer empanadas porque lo dulce nos ocupa todo el obrador.

Las tartas, las milhojas caramelizadas tienen mucho éxito. Todo es natural y la elaboración artesanal. No quiero una fábrica de hacer pasteles. Ya te dije antes que mi objetivo no es ser millonaria, sino ser feliz con lo que hago», destaca. Tras el trauma del cierre de la empresa que dirigía su marido pensó que jamás sería capaz de contratar a alguien, pero ahora ya cuenta con dos empleados formados por ella.

Cuestión de azúcar

Le gustan las flores, la restauración de muebles, la jardinería y cocinar. «Pruebo todos los postres que hago. Si no me gustan no los saco. Estamos intentando preparaciones sin lactosa pero tienen que estar ricas. Creo que se le da poco valor al postre. El dulce no es sinónimo de azúcar. Nosotros no azucaramos las cosas», analiza esta mujer que se declara antiglaseados. «Tengo mi estilo y la gente reconoce mis postres. No hay nada mejor que la gente te venga a dar las gracias», comenta. Dice que, en los próximos meses, va a incorporar alguna novedad al negocio. «Vamos a intentar hacer más eventos, además de bodas, bautizos y cumpleaños, pero no te avanzo nada más». Una mujer que llegó a un momento dulce tras un trago amargo. «Aprendes a apreciar las pequeñas cosas», sentencia Enza, que estos días se levanta a las cuatro de la mañana para atender todos los pedidos.

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